Mi maestro de creación literaria me aconsejó no censurarme a la hora de escribir. No importaba qué saliera de mi mente. Si necesitaba escribirlo, debía de hacerlo.
—No te censures —dijo y eso se convirtió en un mantra.
Hace dieciséis años de eso.
Seguí su consejo. Pronto, conforme llenaba páginas con todo tipo de imágenes abyectas, mi mente empezó a funcionar como una de esas cloacas que en época de lluvias en vez de tragarse la inundación, contribuyen a ella vomitando aguas negras.
Definición apresurada y torpe del proceso de la escritura: navegar en aguas negras.
Desde entonces el proceso creativo me ha dado algunas de las mejores cosas de mi vida y a la larga me ha traído bastantes disgustos. Porque una cosa es asombrarse de lo que arrastran esas aguas negras y otra muy distinta verse salpicado por ellas.
Claro, siempre se puede clausurar esa alcantarilla para que ya no expulse la porquería. Así nadie se ensucia y nadie pierde el tiempo leyéndome. También puede desazolvarse. Ello implica meterse a bucear en el fango y sacarlo de ahí, llevarlo a donde no estorbe.
Pero en unos meses la mugre habría vuelto a acumularse.
Debí ser ingeniero químico, mejor.
Yo digo que está bien, qué puede ser más provocador que seguir revolviendo las aguas negras? salpicar un poquitillo por todos lados, y asi poco a poco sucede… porfa porfa porfa