Adiós Por definir, hola La narrativa qué

Este no es un post sino un aviso. Ya no estoy posteando aquí, sino acá. La narrativa qué  es el nombre del nuevo blog, y hasta el momento solo incorpora puros cuentos escritos de prisa. Mientras, Por definir seguirá hasta que wordpresss decida cancelarlo.

Gracias por seguirme en este espacio durante todos estos años. De algún modo le dieron sentido a mis días.

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Treinta y nueve

Hoy podría morir, pensó él mirando las pocas estrellas que se alcanzaban a ver desde su azotea. Como cualquier otro día en el que cualquier persona puede morir, excepto que esa noche era la última noche —las últimas horas ya— de sus treinta y ocho años y el hecho de que se completara una vuelta más al sol le daba un sentido cósmico.

Sin poder verlos, pensó en cometas. Esos objetos irregulares tienen años mucho más largos que los terrestres, pero cada giro los va consumiendo, el viento solar les roba materia.

(Un poco como tú y como yo, que nos deshacemos en la estela que dejamos —luminosa, quizá, pero irrecuperable.)

—Por cierto —aclaró al tipo que en su laptop escribe sobre él— anota que no sé en órbita de qué demonios la giro. Para cometa soy de esos que una noche aparecen en el espacio y como vienen se van.

Volvió a mirar el cielo amarillo de la noche. No pasó un cometa. Pasó un avión. Sus tres luces parpadeantes. A los pocos minutos otro. Y luego otro.

Y así este año —que pasó como un cometa, o más bien como un avión comercial medio vacío y atacado de turbulencia— se va. Se fue.

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Mi problema con la poesía

Si alguien quisiera ponerme en evidencia, sólo tiene que ir a la biblioteca de la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe, y buscar en la sección de tesis una que lleva por título “Gerardo Deniz o la fixión de la poesía” (sic) y que casualmente está firmada por mí.

Tesis es impreciso: es mejor trabajo escolar en esteroides. En mi defensa diré que sólo tenía 25 años y estaba viviendo los últimos estertores de mi fe. No la religiosa que ya la había perdido como a los 18 años, sino la fe abstracta, esperar que todo esto sea algo, o signifique algo, o lleve a algo.

Gerardo Deniz tenía por entonces 60 años y se veía diez años más viejo: un gigante con gafas de armazón, barba de chivo y cuerpo de botellón que me parecía ya no creer en nada. En alguna de nuestras conversaciones amenazó con irse a prender fuego al Zócalo. A mí, que seguía arrastrando la pubertad cerebral más allá de los veinte años, me pareció que 60 son demasiados años y que lo que estaba viendo, la existencia desolada de un genio apenas reconocido, enclaustrado en un departamento minúsculo desbordado de polvo y libros, era una estampa triste.

Sigo pensando que él ha sido el único genio que me ha tocado conocer en persona. Y eso que he entrevistado a personas cuyo talento les ha dado fama mundial, llenan estadios, reciben premios y creemos han cambiado la historia del cine o de la música. El genio es otra cosa. Que triunfe es irrelevante. Se eleva encima aún de la brillantez y alcanza las sombras. Ya jamás desciende.

Yo tenía 25 años y tuve miedo de volver a ver al poeta. Ahora tengo 38. No he vuelto a verlo.

En mi tesis intenté compensar ese pánico con una especie de ateología chapucera que evangelizaba una salvación por medio del arte. Específicamente por medio de la poesía. Insisto: yo quería creer. Quería tener fe. Aunque fuera en eso. Aunque fuera en él.

Una salvación —la impronta católica que me traicionaba.

Luego he querido creer en coincidencias, en el amor sublime, en la narrativa capaz de unir ambas cosas, en el momento presente, en la memoria, en la psique, en la ciencia, en la paternidad. ¿Por qué no nací con la impronta de creer en el dinero? Ahora sería el feliz líder de una banda de secuestradores. ¿O, mejor, de creer en el sexo y en el dinero, y ahora administraría un próspero putero?

No. Las improntas. No salimos de ellas. Las repetimos y las vestimos de cualquier otra cosa. Por ejemplo: escribo en un blog con la fe en que seré leído, en que lectores vendrán a salvarme. Abajo de mi pretendido ateísmo sigo teniendo fe en una suerte de salvación ridícula.

En cambio Deniz, a oscuras, sentado en las sombras de su departamento, quizá en algún desorden de la mente le venga a la memoria que un joven de 25 pensaba escribir una tesis sobre él. Sé que tiene memoria prodigiosa, así que imagino que sí, absurdamente, me recuerda de entonces, como una imagen mental estorbosa, inconcluyente, de 1995.

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Aguas negras

Mi maestro de creación literaria me aconsejó no censurarme a la hora de escribir. No importaba qué saliera de mi mente. Si necesitaba escribirlo, debía de hacerlo.

—No te censures —dijo y eso se convirtió en un mantra.

Hace dieciséis años de eso.

Seguí su consejo. Pronto, conforme llenaba páginas con todo tipo de imágenes abyectas, mi mente empezó a funcionar como una  de esas cloacas que en época de lluvias en vez de tragarse la inundación, contribuyen a ella vomitando aguas negras.

Definición apresurada y torpe del proceso de la escritura: navegar en aguas negras.

Desde entonces el proceso creativo me ha dado algunas de las mejores cosas de mi vida y a la larga me ha traído bastantes disgustos. Porque una cosa es asombrarse de lo que arrastran esas aguas negras y otra muy distinta verse salpicado por ellas.

Claro, siempre se puede clausurar esa alcantarilla para que ya no expulse la porquería. Así nadie se ensucia y nadie pierde el tiempo leyéndome. También puede desazolvarse. Ello implica meterse a bucear en el fango y sacarlo de ahí, llevarlo a donde no estorbe.

Pero en unos meses la mugre habría vuelto a acumularse.

Debí ser ingeniero químico, mejor.

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La edad de oro del blog

Hubo una edad de oro de los blogs. Fue antes de Facebook. Antes de Twitter. Podía uno postear lo que fuera y la respuesta era generosa. Veinte comentarios por post incluso para un blog impopular como éste. Había fans. Gente que te agregaba a messenger, que sin conocerte te consideraba su amigo.

Sigue habiendo blogs favorecidos por la audiencia. Pero los pequeños blogueros, los que siempre estuvimos a la zaga, nos empequeñecimos aún más.

Lo que desapareció —o quizá simplemente creció, maduró, o formó una familia— fue la comunidad. También es factible la versión de que el desaparecido fui yo mismo.

No podría decirse que los blogs fueran una red social. Era una frívola red de antisociales que convencían a otros de socializar con ellos. En esa época de oro del blog, los guapos éramos quienes redactábamos bonito y transmitíamos ideas más o menos enredadas. Era fama fugaz.

Ahora en Facebook los guapos y populares son… los guapos y populares de siempre: los mismos que en la prepa. De Twitter podría decirse que los inteligentes siguen siendo los “guapos”, pero el matiz de la inteligencia es otro: va del chascarrillero al nanoliterato; del periodista a la celebridad. Digan lo que digan los escritores, que por momentos parecen confundir el banquete de la escritura con la ingestión de botanas de 140 caracteres, la dieta del twitt es fast-food. El twittstar en la industria del porno sería un eyaculador precoz.

También la culpa la tuvo el aburrimiento. Después de meses de constatar que el bloguero empezaba a repetir sus propios chistes, sus anécdotas, que su vida antes atormentada se convertía, por obra de la microcelebridad virtual, en una existencia más llevadera, entonces ya no era interesante leerlo.

En tardes morbosas como ésta releo esos posts de 2007 y principios de 2008 con veinte comentarios y también veo que yo mismo dejé de ser lo que era. El impertinente. El ombligocentrista. O quizá siga siéndolo, pero ya resulta tedioso.

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Mantis religiosas

A los seis años entendí que habían sustituido a mis padres. No me quedaba claro el motivo, pero no eran ellos. La misma cara, su manera de hablar, sus expresiones, su forma de moverse, pero había detalles sin importancia que los delataban. Ya no eran humanos. Al día siguiente que los sustituyeron, mi mamá dejó de darle pecho a mi hermanita y la razón me pareció obvia: mi hermanita no soportaba el sabor de la leche que la mamá sustituta le daba.

Empecé a espiarlos. Iban más tiempo al baño e iban juntos. Supuse que tenían otro organismo y muy posiblemente debían vomitar la comida para poderla digerir, como las moscas. Por eso los jadeos. Y eso debían hacerlo en el baño porque en la mesa hubiera sido desagradable. Supongo que en su planeta eso estaría bien visto.

En la azotea del edificio aparecieron tres marcas circulares sobre el piso de impermeabilizante, como si las hubieran impreso. Según el conserje siempre habían estado ahí, pero yo estaba seguro que no: ahí había aterrizado la nave que secuestró a mis padres y trajo a los nuevos.

Yo, cada que podía les ponía pruebas de memoria, para ver si finalmente se delataban y me revelaban las razones de su misión.

—A ver mamá, ¿cuál es mi juguete favorito?
—Ay mijo —nunca me decía mijo, prueba irrefutable— yo qué voy a saber.
—Antes sabías, mamá.
—¿Sí? ¿No, no sé, cuál?

Y le inventaba otro juguete, uno que yo no tenía, para confundirla. Estaba seguro que lo mejor que yo podría hacer era darles datos falsos sobre todo lo que pudiera para frustrarles su misión.

Otro día aplastaron una cucaracha en la cocina, a los pocos segundos desapareció. Estoy seguro de que se la comieron con gusto.

—¿Qué ves tanto a mi mano? —me preguntó mi “papá”, era un domingo; yo había puesto mi manita contra la suya.
—Se te ven mucho las venas por abajo —dije.
—¿Ah sí? —se dio cuenta que lo había descubierto, así que se puso a fingir— es normal, ¿no? Mira, tu mamá también las tiene así.

¡Pues claro!, pensé.

Dejé de decirles papá y mamá. Sé que eso me ponía en peligro, pero no podía simular por mucho tiempo un cariño que ya no les tenía. También dejé de abrazarlos y de darles la mano cuando salíamos a la calle. A mí me preocupaba sobre todo mi hermanita, que además tenía fiebre.

La llevaron con el pediatra. Yo me quedé con mi abuela, a quien por si las dudas, le pregunté:

—Abuelita, ¿qué me regalaste cuando cumplí cuatro años?
—¡El muñeco del hombre nuclear!
—¡Sí! ¡Es mi favorito!

Ella sí era la original, respiré tranquilo.

Cuando volvieron del doctor ya traían a mi hermanita falsa. Lo noté porque ya no traía chupón ni fiebre. Y porque mis papás dijeron estar llenísimos de haber comido “tacos”. En realidad, se la habían comido. Se despidieron de mi abuela y me miraron a mí. Amenazantes. Esa noche lloré en silencio, no me fueran a oír. Me sentí tremendamente solo.

Por las dudas, me levanté y fui a la cocina por un cuchillo, de esos que no me dejaban agarrar supuestamente para que no me cortara. En realidad era porque ya sabían que yo sabía. El cuchillo me dio tranquilidad y me dormí.

Me despertó el dolor. Grité. Se encendieron las luces y mi “mamá” entró espantada. Mi mano escurría sangré. El cuchillo estaba sobre las sábanas.

—¿Pero qué haces con ese cuchillo?

Mi mano no dejaba de sangrar.

—¿Eres sonámbulo?

Tomó mi mano herida y comenzó a chupar la sangre. Lo hizo con verdadero placer.

No pude más. Tomé el cuchillo y se lo clavé en el cuello. Pero la fuerza de un niño de seis años no alcanza para atravesar la piel. Me detuvo con su otra mano. Me quitó el arma. Me miró con sus ojos compuestos. Entró mi “papá”. Se miraron entre ellos, cómplices.

—Tu hijo me atacó con el cuchillo.
—¿Estás bien?
—Sólo un rasguño.
—Tranquilo, campeón, es sólo una pesadilla. Somos mamá y papá. Ya pasó.

Él nunca me decía campeón. Fingían tan mal. Yo los miraba muy alerta. Me puso la mano en la frente.

—Tiene temperatura. Ya lo contagió Sofi. A ver –vio el rasguño de ella y luego mi mano; salivó.

Ella le cedió mi mano y él empezó a succionar la sangre tambien. Con deleite.

Cuando volvieron a apagar las luces, fui a su cuarto, de puntitas. Juro que los vi despojados de su piel, dos enormes mantis religiosas, una encima de la otra con sus lenguas enormes succionándose.

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Teología

—Papá, ¿cómo le hizo Dios para crear al mundo?
—Mmmh… bueno, en realidad Dios no creó al mundo… esa es la manera como las personas se explican las cosas, pero es más bien como un cuento.
—¿Dios es un cuento?
—Sí algo así.
—Pero mi abuelita dice que Dios sí existe. Que es un señor con barbas que está en el cielo y que ahí está mi abuelito con él.
—En realidad no se sabe, nadie lo ha visto y…

En eso caí en cuenta: cómo iba yo a explicarle mi ateísmo cuando era yo mismo quien lo llenaba con las explicaciones más asombrosas sobre la existencia de los Reyes Magos y Santa Claus para satisfacer mi sensación de superhéroe a la hora de darle sus regalos como papá undercover.

—No entiendo, papá. Porque Dios sí creó el mundo, ¿verdad?

Diablos.

—Sí, fue él. Él nos creó. Y creo todo esto.
—¿Todo esto?
—Todo esto.

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