El piano

Lo fabricaron en Leipzig hacia 1910, estaba laqueado en negro; las teclas eran de marfil. En él mi abuela resucitaba la Tocata y Fuga en Re Menor de Bach o la Fantasía Impromptu de Chopin. Ella había sido concertista antes de casarse. Un recorte de periódico que alguna vez llegué a ver, de principios de la década de los treinta, la mostraba en foto con una juventud inverosímil. Anunciaba que iba a dar un recital en el Palacio de Bellas Artes.

Yo vi morir a mi abuela. Fue hace 13 años. Había dejado de tocar el piano mucho antes. La artritis le había deformado las manos. Esas manos nudosas se aferraban a mis dedos y la vida se le iba de los ojos.

Nos dejó su piano. En algún momento, un barnizador le había retirado la laca y lo había vuelto color café. Se pegaban las teclas, que ya no eran de marfil sino de plástico. Algunas habían dejado de sonar.

Hace tres semanas, como un acorde disonante, mi familia se desbandó: mis padres se fueron a vivir al estado de Hidalgo y, el mismo día, una de mis hermanas se llevó a sus hijas a vivir con ella en la costa del Pacífico. Quedó el piano.

El afinador conocía a mi padre desde que eran niños.

—Cuando me diste tu nombre, te iba a decir que yo conocía a alguien que se llamaba igual; nunca pensé que fueras a ser su hijo.

Examinó la maquinaria, las cuerdas, puso un diapasón y pulsó la tecla La.

—Todavía está en tono —dijo—. Tiene remedio.

Desmontó las teclas y los martinetes y los envolvió en periódico. Días después, unos mudanceros macizos y bajos de estatura subieron el piano, desprovisto de maquinaria, y lo dejaron en la sala de mi casa. Levanté la tapa. Dentro sólo había polvo y tornillos. Las cuerdas, mal tensadas, vibraban en desconcierto.

El sábado pasado vinieron a instalar todas las teclas y la maquinaria y a afinar las cuerdas. El Do central y un La bemol quedaron un microtono fuera de rango.

—No hay afinación perfecta —explicó mi primo, pianista, la tarde de ayer, cuando fue a templar el teclado—. Ese Do y ese La bemol son los desajustes inherentes al sistema.

Anoche pasé algunas horas tocando ese piano de cien años. Mis dedos y mis melodías, improvisadas, son torpes. El Do discordante me recordaba que todo sistema, toda familia, toda vida, la armonia del universo, es inherentemente imperfecta.

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8 comentarios

Archivado bajo Sentimentalismo

8 Respuestas a “El piano

  1. Si lo quisieras anunciar en Segundamano, tendría que decir: “vendo piano como nuevo, con microfallas inherentes al sistema”

  2. bello, simplemente bello, me encanta como escribes felipe, espero verte pronto

  3. No soy literata, así que no hallo el término adecuado para tu post (y pss soy imperfecta y vivo en un mundo inperfecto). Sólo sé que es muy nostalgico y bonito y triste y ¡real!

  4. jenny

    Ahora le podras poner música, a la canción de la VACA de tu hijo….

  5. Pos pasa luego el nombre del afinador, ¿no? También le tengo una chamba con otro instrumento con fallas “inherentes al sistema”. Por cierto, creo haber tocado alguna vez ese mismo piano de cien años, cuando tenía como ochenta y cinco, en la sala de la casa de los jilgueros… ¡Qué ruquéz! Slds.

  6. Felps, este es uno de esos post por los que vale tener un blog y hacer gimnasia. Un cuentito bellísimo, redondo.

    E insisto como tu editora, cuando dejas de pensar y eres realmente tú el resultado es algo vivo, lleno de magia, gracia y memorable.

    Y no, no soy tu fansss

  7. Como para tí es un piano, para mí son los ganchos de tejer, las agujas largas, los hilos, el derecho y el reves, que tantas noches ví realizar.

    😉
    Abrazo