Archivo mensual: septiembre 2008

Post mortem

Una de las frases que más intolerancia me provoca es aquella de «estamos en esta vida para aprender». ¿De dónde sacaron eso? ¿Leyeron un contrato que yo nunca vi? Me imagino que quienes profieren semejante declaración, conciben la vida como un largo periodo académico sin vacaciones ni sabáticos. Los estudios se terminan por abandono y la fiesta de graduación es un velorio.

Me pregunto cómo será el mercado laboral en la otra vida. ¿Te pedirán curriculum? ¿Habrá tasa de desempleo?

La entrevistas de trabajo han de ser intimidantes:

—¿Dígame, tiene usted experiencia?
—Llevo apenas dos semanas de muerto.
—A qué se dedicó mientras vivió?
—Fui editor de una revista.
—¿No tienes algún ejemplar que pueda ver?
—No pude traérmelos; llegué aquí sin nada.
—¿Y qué aprendiste en la vida?
—¿Usted aprendió algo cuando estuvo vivo?
—No, pero es una pregunta de rigor.
—Ya…
—Espero una respuesta; es para el expediente.
—Este…
—Y nada de que “aprendí a amar a las personas y a disfrutar los pequeños placeres de la vida”. Son cursiladas. ¿O qué, cuando pediste tu primer trabajo dijiste que en la universidad aprendiste a fiestear y a disfrutar de las clases suspendidas?
—No, pero…
—Es que ya estoy harto de los que vienen con esos “aprendizajes”. ¿Qué sabes hacer?

Ahora que lo pienso yo podría ser un buen reclutador en la otra vida.

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La negra ciega

Pagué por ella. La manzana mordida de la tentación. Le brillaba la piel, muy oscura, muy suave al tacto. Pegué mi nariz a sus pliegues. Me llegó un aire a vacío. Mientras la llevaba en el auto no intenté decirle nada. Yo estaba poseído por una especie de embriaguez. La suspensión del raciocinio de quien ha tomado un riesgo muy alto. No pensé, la miré tan sólo, pregunté, me decidí. Al llegar a casa, la desnudé con desorden, la abrí con pasión, le metí mano con lujuria… y me di cuenta que era ciega.

Completamente ciega.

Voy a tener que devolverla. A ver si funciona la garantía. A mi nueva Apple iBook, negra, no le funciona la camarita incorporada. Rayos.

(Sí, ya sé, usé el viejo truco de hacerles creer otra cosa, pero si no, hubiera sido aburridísimo de contar.)

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Y que me entrevistan…

Una más para mi egoteca. Hoy subieron al ciberespacio una entrevista que me hizo Ana Elena Mallet, curadora, crítica de arte y buena amiga. Hasta me sentí importante. Esto fue para la revista online Blanco Pop, que me parece un estupendo proyecto. Para leerla denle click aquí.

Los comentarios, dejenlos en este blog.

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Géneros del drama

Los seres humanos somos re mensos en eso de las relaciones humanas, siempre nos llevamos mejor con nuestro perro, por ejemplo. Y mientras más nos involucramos más se nos sale de control. Ante eso, casi siempre tenemos sólo dos respuestas: la actitud racional por un lado, y por otro, la actitud apasionada.

Los racionales, como en película sueca, para no perder el control lo llevan todo muy cerebralmente, midiéndose en todos los detalles, luchando contra todas sus fuerzas por no sentir, y a veces lo logran. Vistos desde fuera se ven patéticos. Los apasionados, como en telenovela mexicana, se arrojan al abismo de los sentimientos, se lo toman todo tan en serio, gritan, golpean, lloran. Vistos desde fuera se ven impresionantes, o muy estúpidos, pero en el fondo uno piensa que sobreactúan y que en cualquier momento cortarán a comerciales.

Afortunadamente hay más maneras de reaccionar. No tan comunes y por lo mismo, casi siempre desconcertantes. Tenemos por ejemplo, la actitud cómica. Los cómicos en realidad se ríen de sus propios sentimientos y de los de la otra persona. Se dan cuenta que en el fondo somos como animalitos o como niños, y que no hay nada que valga demasiado la pena. Claro, si la otra persona no está de humor, el chiste no le parece nada chistoso y entonces convierte la comedia en tragedia.

Está la actitud tragicómica: son los que huyen. Ante el mínimo asomo de confrontación, hasta luego, cuando se te pase me avisas. El problema es que se la pasan en el viaje. O la actitud fársica que siempre es una reacción desproporcionada o absurda; en todo caso, grotesca. A mitad de una discusión, tirarse un sonoro pedo, por ejemplo. Luego tenemos la actitud didáctica: que se detiene a pensar a la mitad del drama para intentar verse desde fuera y reflexionar sobre las reacciones humanas.

En todo caso, siempre queda la posibilidad de voltear hacia donde está el público, para ver si abuchea o aplaude. O sacar a pasear al perro.

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La línea punteada

Las separaciones de tu pareja son como cuando intentas cortar un papel por la línea punteada: aunque lo hagas con cuidado tus manos son torpes y rompen la hoja, luego quieres corregir y es peor. Te quedas con un pedazo de papel asimétrico, irregular, pensando que a la próxima mejor usarás las tijeras. Me quedé extrañando el librote de Palinuro de México que mis papás me regalaron (y me dedicaron) un cumpleaños antes de que yo conociera a mi ex, o mirando la caja vacía del Dummy de Portishead: preguntándome si por lo menos alguien ha vuelto a escuchar aquél CD sin caja.

Una vez que te resignas a la pérdida, los meses siguientes te la pasas recomponiendo tu coleccción. Me paro en el estante de los DVDs diciendo: diablos, yo compré Happiness cuando todavía era válido comprar películas en VHS, ¿la compraría otra vez?

Entre otras cosas una separación te vuelve otra persona. Hace diez años, cuando terminé de ver Happiness en la Muestra, aplaudí, y en seguida me di cuenta que estaba en una sala de cine y la gente no aplaude en las salas de cine. Cuando supe que su director, Todd Solondz, venía a la Cineteca me salí de mi trabajo y me colé como pude en la conferencia de prensa, donde vi, admirado, a un redneck de lentes, camisa de franela y tenis Converse evadir las acusaciones de pederastia. Pero ahora yo no haría tanto por una película, ¿o sí?

Creo que sí voy a comprarla.

Mientras tanto, lentamente voy recomponiendo mi colección, que tal vez nunca podrá ser tan extensa como fue. Que seguramente —aunque espero que no— volverá a ser diezmada en mi próximo divorcio —que espero nunca suceda—. Pero que se parece a lo que soy ahora. Soy alguien que parece edredón: estoy hecho de parches. Más de la mitad de mis DVDs ahora son películas infantiles, y no soy exactamente yo quien las disfruta.

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Viterbo

La leyenda que circula en mi familia dice que mi bisabuelo llegó de Italia y estableció una cantina en Veracruz. Creo que él se llamaba Ángel, o más bien, Angelo. Ahí conoció a Soledad, una mujer menuda de ojos muy azules y tuvieron un hijo, Ernesto.

Por esas fechas, dice esa misma leyenda; es decir, alrededor de 1910, hubo un altercado en la cantina, los hombres sacaron sus pistolas y una o varias balas fueron a dar al cuerpo de Angelo, quien murió.

Mi abuelo supo poco de su padre. Su madre se vio obligada a trabajar para mantener a su hijo, en una época en la cual no era bien visto que las mujeres trabajaran. Entiendo que mi abuelo y mi bisabuela no se llevaron bien: en cuanto pudo, él se desentendió de ella.

Hacia finales de la década de los cincuenta, mi abuelo supo que su madre estaba muriendo y en la miseria. Mi abuela lo convenció de llevarla a casa. Él se rehusaba, pero finalmente accedió.

Mi bisabuela contó a mi madre la historia de Angelo con lo poco que recordaba. Aún así, dice mi madre, sus ojos se llenaban de lágrimas. Soledad murió a los pocos meses.

En el directorio telefónico de la Ciudad de México hay muy pocos Viterbo, la última vez que lo consulté todos eran mis primos. Viterbo es el nombre de una ciudad italiana, cercana a Roma; tienen una santa patrona: Santa Rosa de Viterbo. Viterbo es también el apellido de Beatriz, la musa de Jorge Luis Borges en El Aleph. Cuando empecé a escribir, firmaba únicamente como Felipe Viterbo; no por otra cosa sino porque suena mejor que Felipe Soto (con la consecuente frustración de mi padre). Cuando mi primera novela fue publicada, hubo quienes pensaron que Viterbo no era mi apellido, sino una especie de (torpe) homenaje a Borges. Apenas hasta hace poco tiempo decidí utilizar mis dos apellidos para firmar los textos que considero importantes.

Hace pocos días me contactó en el Facebook un tal Luca Moretti da Viterbo, italiano que no lleva ese apellido, pero es originario de la ciudad que lleva ese nombre. Es un sujeto en sus cincuenta y tantos que se ha dedicado a agregar a cuantos Viterbo ha encontrado en el Facebook por el mundo. Es curioso, todos los Viterbo (los hay en Brasil, en Argentina, en Filipinas) compartimos la misma ignorancia sobre nuestros orígenes.

De hecho, que no sea el apellido de Luca Moretti, sino el indicativo de su ciudad de origen y que los demás Viterbo sean inmigrantes, me da a pensar que Angelo no se apellidaba así (al igual que todos los demás que se dispersaron por el mundo), sino que al tramitar sus papeles, las autoridades mexicanas confundieron el “da Viterbo” con su apellido, legando esa confusión para las futuras generaciones.

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La alberca y el globo

Como todo padre entusiasmado con el desarrollo de su hijo, inscribí al mío a un curso de natación. Como todo hijo, él es suspicaz ante los entusiasmos paternos.

Pero el entusiasmo paterno es tenaz y se fortalece cada vez que veo que el niño se la pasa bien chapoteando. Por eso, cada que he podido lo he llevado al club con la esperanza de que esta vez sí acceda a ponerse el trajecito de baño. A veces lo logro. Casi siempre no. Cuando lo logro, se la pasa bien y nos divertimos mucho, pero… ¿y si lo hace sólo por darme gusto?

No, cómo va a ser eso.

El domingo por la noche, cuando lo llevaba de regreso a casa de su mamá, me dice de repente:

—Papá, ¿por qué siempre quieres llevarme a la alberca?
—Pues porque es muy divertida y nos la pasamos bien… ¿o no?

Lo piensa y dice:

—No.

Mi entusiasmo era un globo inflado. Ese no, un alfiler.

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