Archivo diario: octubre 12, 2008

Los años maravillosos

Pongamos que me cae un rayo justo cuando estaba recordando vívidamente mi primer día de clases en la preparatoria. Lo del rayo es un decir. Pudo caer un aerolito junto a mí o encontré una vieja estatuilla de un dios azteca que tuviera esa clase de poderes. El caso es que al instante me transporto a esa fecha. Creo que fue el miércoles 2 de septiembre de 1987. Me descubro en mi cuerpo de adolescente, pero oh, maravilla, tengo la mentalidad algo más colmilluda de mis 36 años. Y esa extraña oportunidad de volver a recorrer el camino o elegir uno totalmente nuevo.

La preparatoria, a diferencia de la secundaria, era mixta. Justo en la edad más álgida de la hormona adolescente, ingresan un selecto grupo de quinceañeras a ese plantel de primates. El efecto es similar a la visita de las playmates a Vietnam. Miraría a Ivonne, miraría a Carla, las niñas más bonitas del salón. Sus peinados ochenteros y sus miradas de niña. Miraría a la caterva de chicos que las acechan. Vería a nuestro profesor titular, que nos da la bienvenida. El daba clases de ¿historia? Ya no recuerdo.

Vería mis manos, mis dedos, la ausencia de la cicatriz en mi muñeca que no aparecería sino hasta diez años después. Mi falta de anteojos y de barba. Mis granitos en la frente. Saldría al recreo todavía aturdido. Sin saber con quién juntarme. Yo sería nuevamente el “Soto”. Recuerdo que ese primer día de clases me quedé sin mis amigos de la secundaria. Ellos prefirieron revolotear alrededor de las damas, no importaba qué tan feas estuvieran. El aire estaba saturado de feromonas.

Habría visto ese mundo a distancia, sentado en las jardineras afuera del gimnasio. Tal como lo hice en 1987, extrañado y fascinado a la vez por el comportamiento humano. Y me sentiría igualmente distinto a todos, aunque por razones diferentes. En 1987 me sentía superior porque creía haber hecho un descubrimiento matemático que me iba a volver millonario. Ahora tendría información privilegiada. Conocería algo del futuro.

Entendería muy pronto que no habría de adaptarme en ese ambiente. La diferencia es que en esta ocasión lo asumiría sin sufrimiento ni depresiones. O no sé. Tal vez buscaría a Marcela, la niña etérea del salón de junto y le haría plática, sólo para darme cuenta que el abismo entre nosotros desde siempre fue insalvable.

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