Archivo diario: octubre 19, 2008

El miedo a lo desconocido

Domingo. Hoy desperté muy temprano. Me puse a leer un capítulo más de Gödel, Escher, Bach (Douglas R. Hofstadter, Ed. Tusquets) en donde Aquiles y la Tortuga entran en un “Pequeño Laberinto Armónico”, basado en la obra de Bach del mismo nombre (que ahora me urge escuchar para ver de qué se trata). El texto —al igual que todo el libro— es una colección de paradojas. Acababa de leer una muy divertida: Aquiles debe pedirle un deseo al genio de una lámpara. «Deseo que mi deseo no sea concedido», dice. Petición paradójica que provoca una especie de fundido general de la “realidad” de Aquiles y la Tortuga. Luego, los renglones empezaron a disolverse. Me estaba quedando dormido. Cerré el libro.

Una niña de 14 años intentaba seducirme. La acompañaba un viejito que parecía su tío y estaba muy de acuerdo con todo lo que me decía la adolescente. Ella decía estar enamorada de mí profundamente. Yo le contestaba que no debía ni siquiera mencionarlo, no sabía en lo que se metía. Lo que proponía era básicamente ilegal. Pero insistía. Yo argumentaba que ella no podía saber lo que era amar a alguien. Que ella no podía saber siquiera lo que era una relación. Y que, aún si no fuera ilegal, la sola diferencia de edades lo volvía inconcebible. Me dijo:

—No tengo miedo.
—No sabes de lo que estás hablando siquiera —le contesté, más asustado yo.
—Por eso no tengo miedo: porque no lo conozco —su voz era dulce, sus ojos eran dulces, su cuello era delgado, olía rico.
—¿Qué no has oído hablar del miedo a lo desconocido?
—Sí, pero eso no tiene sentido. Si no lo conoces no puedes temerle. Yo no conozco nada de lo que me dices.

Lo decía como una prueba de su amor. Me abrazó intentando besarme. Me desperté aterrado, de vuelta a mi mundo conocido.

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