Archivo mensual: diciembre 2008

Compras navideñas

Sobra decir que detesto ir de compras. Ahora bien, estoy a un par de horas de ir al mall más cercano a la innoble tarea de adelgazar mi aguinaldo comprando regalos a mis seres queridos (así que, seres queridos, piénsenselo dos veces antes de decir: ¿y no había de este mismo pero en rojo?).

Por supuesto, mientras haga fila eterna en alguna tienda con un regalito que significa que no me iré de viaje en 2009, con rasguños en la cara por la rebatinga, pensaré, como cada año: ¿por qué me esperé hasta el final?

Eso lo pensamos, cada navidad, en esas circunstancias, yo y toda la marabunta de compradores hiperviolentos que estarán rodeándome, atenazando los productos que acabamos de arrancar de los estantes. Ocurre —considero— que cada año lo dejamos hasta el final porque oscuramente esperamos que se nos muera algún pariente. Claro, nadie desea que se muera alguien, pero peor que eso es quedarse con su regalo en el clóset porque previsoramente se lo compramos en agosto.

Así que nada, nos esperamos hasta el 23 y 24 de diciembre para evitarnos ese mal trago y a cambio de nuestra mezquindad, tenemos que vernos las caras con otros sujetos tan ruines como nosotros para ser atendidos por cajeros que saben la clase de gente abyecta que poblamos las tiendas en estos días.

En fin, ya les contaré. Feliz navidad. Bah.

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Archivado bajo Ando de azotado ¿y qué?

Quiero mover el bote

Como no he visto mucho cine últimamente, no tengo más remedio que comparar Madagascar 2 con Vicky Cristina Barcelona.

Por mucho, me parece más profunda, humana y entretenida Madagascar 2 que la cinta de Woody Allen —y eso que considero que Allen es dios, que Scarlett debería de darme hijos, que Bardem me parece un genio, que Barcelona me trae recuerdos epifánicos y que Penélope puede pelear por los hijos que pienso tener con Scarlett—. Me dejó indiferente el “polémico” planteamiento de VCB y, en cambio, todavía sigo pensando en el rey Lémur de Madagascar (el que en la cinta anterior cantaba la de “Quiero mover el bote”) y riéndome de algunos de los gags de la película animada (como aquél donde la mamá león le dice a su hijo: «Buenas noches», y en vez de oprimir un interruptor para apagar la luz, aplasta a la luciérnaga de la pared, con el mismo efecto).

De hecho, ayer toqué el tema del rey Lémur con mi psicóloga.

—¿Y por qué te identificas tanto con él?

Hay que decir que ese rey Lémur habla como cubano, se la pasa bailando reggaetón, es un frívolo y llega a la sabana africana en plan de rey de los animales y de alguna forma nadie se lo discute.

—No sé. Creo que soy igual de frívolo.

Entiéndase: no hablo como cubano, ni bailo reggaetón, ni me siento el rey, pero hay un elemento en la frivolidad de ese Lémur que me perturba. Su incapacidad para tomar en serio las cosas. Escribir este blog para ventilar mi mal gusto cinematográfico, y esperar ser leído, por ejemplo. Reírme, como un imbécil, de mí mismo.

(En mi descargo también apunto que vi Lake Tahoe y que me gustó mucho, pero ya casi la he olvidado.)

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Oh, I wanna be that complete!

Ayer por la noche, departiendo en el Xel Ha, no sabíamos si fue en 1992 o 93, cuando Peter Gabriel vino a México para la gira del Us. No traía toda la parafernalia que mostraba en sus conciertos por el resto del mundo, pero al menos aquí en la región cuatro, trajo a Sinead O’Connor de corista.

Recuerdo que nos quedamos a pasar la noche en las afueras del Palacio de los Deportes y que éramos cientos de fans. Yo logré boleto en la fila dos. Si Sinead hubiera decidido aventarse al público yo la cachaba.

En esa época trasnochar para ver a Gabriel no sólo era importante, era —como dijo uno de mis amigos— necesario.

Luego crecimos y poco a poco, la música y el furor alrededor de Gabriel se han diluido.

Ayer mismo, también, al medio día, había ido a comer a un restorancito de bufet que proyectaba en una tele de plasma, videos de artistas ochenteros en vivo. Chicago, Simply Red, Sting, Phil Collins… y por supuesto, Peter Gabriel.

Se trataba del video de “In Your Eyes” en vivo. Gabriel en look 100% pelón cantando a dúo con Youssou N’Dour. The light, the heat. I’m complete. The resolution of all that fruitless searches. Dejé de comer para seguir la canción y el ritmo y descubrir, diablos, que aún me sabía la letra de memoria.

Y nada, que dicen que viene a México el año que entra.

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El lenguaje primigenio

Leí que el lenguaje más complejo del mundo es también el más “primitivo”. Además de los fonemas que utilizamos en las lenguas conocidas, éste emplea chasquidos, gruñidos, silbidos: casi toda la gama de los sonidos que somos capaces de generar con la boca. El castellano tiene unos 30 fonemas. Ellos utilizan unos 170. Lo hablan algunos pueblos sen, mejor conocidos como bosquimanos, o san, en África.

Por cierto, el pueblo sen es el que mayor diversidad y evolución genética tiene en todo el planeta, lo que da un indicio de su antigüedad. Según los genetistas de él se derivan todas las razas humanas. Revisando fotos de ellos, uno encuentra cierto sentido en esa aseveración: son de piel morena clara, delgados y de labios negroides, pero los ojos rasgados. Sus costumbres han cambiado poco en milenios. Cuando la civilización desaparezca, ellos van a sobrevivir como si nada.

En fin, mientras manejaba en el tráfico y con mi animal primitivo asomándose para reclamar el territorio de mi automóvil entre los demás vehículos, recordé lo que leí sobre esa lengua y me intenté imaginar cómo sonaría. Resguardado en la cabina insonorizada de mi coche, empecé a gruñir, silbar, chasquear la lengua… gritar.

Fue asombroso.

Hay una parte del cerebro que se abre al hacer esos sonidos. Salían de mi garganta con una naturalidad casi musical. Liberadora.

Claro, la niña del automóvil de junto se me quedó viendo con cara de espanto.

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Dudas existenciales

—Mientras tú dibujas, voy a tender la cama que está destendida.
—¿Por qué?
—Porque no me dio tiempo de tenderla por la mañana.
—¿Y por qué?
—Porque tuve que salir muy rápido al trabajo.
—¿Y por qué?
—Porque se me hizo tarde.
—¿Y por qué?
—Porque anoche me desvelé y me levanté tarde.
—¿Y por qué?
—Porque me quedé hasta tarde en la oficina.
—¿Y por qué?
—Porque estoy en cierre de edición; terminando de hacer mi revista, yo trabajo en una revista.
—¿Y por qué?
—¿Por qué? ¡No sé por qué! ¡Porque hasta allá me ha conducido la vida!
—¿Y por qué?
—Porque la vida es absurda y te lleva por caminos desconocidos…
—¿Y por qué?
—¡No sé! ¡No sé! Tú estás muy chiquito para entender esta vida tan compleja tan desquiciante… tan…
—No, papá… contestaste mal…
—¿Eh?
—Tenías que decirme que la cama estaba destendida porque te dormiste ahí.

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¿Funciona este nuevo look?

Cuando en unos meses (u horas) vuelva a cambiar la plantilla del blog (si es que no borro el blog antes o me abducen los extraterrestres), este post será absurdo, hablando de algo que ya no puede verse.

De programación de computadoras sé lo mismo que de náhuatl. Unas cuantas palabras. De todas formas le di una remozada a la imagen de este blog. Me gustó esta presentación en tres columnas, es como periodística —lo último que este blog es.

Hablen ahora o callen para siempre: ¿gusta más o no?

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Vidas extra

Debo confesar que, salvo el ocasional chateo, no soy un gamer en lo absoluto. De niño me dediqué a fantasear el día maravilloso en que tuviera un Atari o un Intellivision. Ese día nunca llegó. Ya en la universidad, le regalaron a mis hermanas un Nintendo. Jugué Mario Bros por un tiempo y luego me aburrí. Hasta ahí llegué. Ya nunca me aventuré en el Xbox, el Nintendo 64, el Playstation, o el Wii.

Como sea, de ese universo, me gusta una idea que jamás la literatura, la poesía o el cine, profundizaron tanto, con excepción de los Looney Tunes: la posibilidad de tener vidas extra.

Nacer con tres o cuatro vidas que podemos más o menos desperdiciar y que, si hacemos tal o cual cosa, podemos obtener más vidas.

Habría corporaciones dedicadas a la manufactura y comercio de vidas. En la Lagunilla habría un mercado negro de vidas. Los japoneses ya habrían lanzado al mercado vidas más económicas. Habría ladrones de vidas. El deporte extremo se haría con total descuido: qué más da morirse otra vez. El concepto de reencarnación y vidas pasadas sería extremadamente complicado: un día te vas a morir y no va a ser como todas las veces que te mueres cotidianamente, sino vas a ser una vaca. En los países tercermundistas habría escasez de vidas. Las vidas región uno incluirían interesantes features. Morir de amor sería de lo más banal. Nadie atendería a los velorios.

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