Archivo diario: enero 29, 2009

Dealer

Que la lectura causa adicción, es algo que puedo yo afirmar, como adulto rehabilitado. El consumo excesivo de textos arruinó mi niñez y mi adolescencia. Me privó del juego y de las relaciones interpersonales, de tener novia y de andar en bici.

Al igual que todos los adictos, comencé a vivir en una realidad paralela, cuyos ejes estaban trazados por las referencias a libros, artículos de revista, tapas de elepés, cajas de cereal, textos publicitarios, subtítulos, cómics.

El contacto directo con la “realidad” —lo que sea que signifique— estaba empañada por ese velo nebuloso que procuraba emparentarlo con lo leído. La primera vez que me enamoré, posiblemente no me enamoré de la chica en cuestión sino de Sonia, la de Raskolnikov; o de Lolita, la de Humbert Humbert.

Años después, como efecto de las continuas sobredosis literarias, desarrollé otra adicción aún más lamentable, la de la escritura. La compulsión por plasmar en textos lo que mi ego dictaba, facilitó mi divorcio y me llenó la mente de quimeras y me hizo relacionarme con personas que no existían.

El vicio me condujo a mi actual profesión: dealer de textos. A veces los míos propios, a veces los ajenos.

Por supuesto, también me he prostituido y, a cambio de dinero, he debido redactar o editar textos que me ofenden personalmente, que manchan mi reputación, en los que no creo en lo más mínimo.

Como todo dealer, ahora busco que otros se hagan adictos. He debido profundizar en la composición de los textos para asegurarme que sean altamente adictivos, y así incrementar las filas de junkies de la lectura, esos que viven con las venas del brazo saltadas, la mirada perdida y el aliento cavernoso; ávidos de letras que formen palabras, que formen frases, que aludan a ideas. Peligrosas ideas, de esas que pueden derrumbar la idea de “realidad”, de “civilización”, de mundo tal como lo conocemos.

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