Más extraño que la ficción

Hoy es lunes de no sé qué postear. No significa que mi vida se haya estancado y no me haya ocurrido nada. Es sólo que todo lo que me ha pasado, bueno y malo, es mejor guardármelo, egoístamente. Podría ponerme a inventar. Escribir una de esas minificciones como las que hace mucho no posteo. A veces me salen sin un plan fijo. Empiezo relatando la historia de, por ejemplo, mi compañero de la preparatoria que un día de repente, tras veinte años de no saber de su existencia, aparece en el Facebook. Me ha agregado con un mensaje escueto.

Lo recuerdo como uno más del grupo de los inadaptados. Era feo y su apellido parecía desmentir su incapacidad de congeniar con las chicas que no nos hacían caso: Casanova. La foto de su perfil muestra que los años no lo han favorecido, tampoco. Nunca supe a qué universidad o a qué carrera se había metido; pero ahora indica su profesión: fotógrafo.

Entro a sus álbumes de fotos y tras ver las fotos de él con su perro labrador, empiezo a ver una serie de fotografías de niñas de diez u doce años, nínfulas, habría dicho Humbert Humbert, que miran a la cámara con gestos lascivos. Siempre es el mismo escenario: un cuarto de baño con mosaicos rosas.

Las niñas se descubren los hombros, mandan besos a la cámara, se meten las manos en la falda, se chupan la palma de las manos, sentadas en la taza del baño, con los calzoncitos a los tobillos.

Cierro la pantalla de golpe con temor de que alguien me vea.

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