Muerte paralela

Calor. Una voz de grabadora repite algo por altavoces. Sobre mi frente una mano. Mamá borrosa —debe ser un sueño; parece tan joven; sí, definitivamente es un sueño porque ahora sólo puedo ver su pezón enorme que me amamanta, qué indecencia. No pienso contarle este sueño a Paula. ¿Sabrá la leche a esto? Quiero decir, es horchata. Caliente. Repugnante. Pobre mamá cuando le. No, no voy a contarle. Sería incómodo. Mamá, qué crees que soñé. Que era un bebé (debo serlo); me amamantabas. Mamá me acaricia y hace muecas. Estoy sudando. Hoy es una de esas siestas. Digo siesta porque no recuerdo haber ido a la cama. No recuerdo dónde o a qué hora me dormí. Qué vergüenza. Lo peor que puede suceder es quedarme dormido en la comida. O que me haya dado un infarto en público. En los últimos análisis mis niveles de colesterol fueron tan. Ahora mismo puedo tener la cabeza metida en un plato de crema de espárragos. Supongo que no, porque me quemaría, pero quién sabe, cuando uno está dormido la piel se anestesia. Siento calor, eso está muy claro. Posiblemente sea la sopa, que aquí se ha transformado en el seno gigantesco de mi madre y el sabor a horchata son espárragos. Es que he tenido unos días agotadores, con cualquier cosa te despiden, recorte de personal, y quién me va a contratar a mis años. Quizá me haya quedado dormido mientras manejaba. En tal caso no sé si estoy a punto de chocar, o si ya choqué y voy en la ambulancia camino al hospital o ya estoy muerto. Quizá estoy chocando ahora mismo. Todo este tiempo mi cuerpo se ha podido estar despedazando y esa sensación cálida es la traducción al sueño del dolor y esta visión el resultado de no sé qué químicos cerebrales que se desatan en estas circunstancias, y la voz de los altavoces, la mía que aúlla de dolor, la de los curiosos que se acercan, la de los paramédicos. Ya no quiero más leche; lloro y mamá se preocupa, lo noto en sus caricias, se han puesto más ansiosas. Cómo voy a contarle a mamá si se murió hace. Todavía ni me casaba. ¿Me case? Si esto es un infarto, esto podría ser la famosa película de mi vida. No creo, porque quienes han vivido para contarlo, suelen decir que ven toda su vida en cuestión de segundos y esta imagen se está demorando bastante. Una vez vi a alguien ser asesinado; fue todo tan rápido, el criminal huyó, no sirvió de nada mi testimonio a la policía. Lo degolló y el cuerpo reaccionó por sí mismo, como un animal o un autómata. Respondía al dolor con algo que semejaba inteligencia, pero su alma ya no estaba ahí. Tengo la impresión de que lo escuché hablar, pero eran palabras que brotaron de la máquina corporal, el cerebro ya estaba muerto. Yo puedo estar siendo torturado en este instante, viendo el seno enorme de mi madre como un hogar, mientras dos sujetos en camiseta me golpean y desfiguran la cara con navajas y me mutilan y me queman, y mi cuerpo en realidad está gritando, confesando cosas que desconoce. Pero ya no soy yo, es mi cuerpo por sí sólo, hablando y razonando para no morir. Y esa voz de los altavoces es la de ellos que me interrogan. Ahora no veo a mi madre, veo una cortina y una ventana. Detrás de la ventana hay aviones borrosos y un bebé borroso —todo es borroso—. Qué estúpido, el bebé soy yo; es mi reflejo. Me golpean en la espalda. Ahora es la mano amorosa de mi madre, pero pueden ser batazos o patadas. Voy a eructar. Es posible también que ya haya muerto y reencarnado. Sería una lástima. Siempre quise pensar que no se reencarnaba. Incluso me resultaba más amigable la idea de que existiera un Cielo y un Infierno. Dios barbón. El Diablo un burócrata cruel. No creo, pero tampoco lo descarto. Antes mencioné a una tal Paula. No sé por qué. No sé quién sea. Hace unos momentos pensé que era mi prometida; pero ahora me da por pensar que puede ser cualquier otra persona. Creo que es mi hija. Quien quiera que yo sea, o haya sido hasta ahora, el hombre con la cara en la sopa, el sujeto despedazado en un accidente de automóvil, el hombre bajo tortura o el prometido de Paula; ahora soy otra persona, y es natural que piense que esa señora de senos lechosos sea mi madre porque, en verdad, por ahora lo es. Tal vez yo sea niña y tengo zapatitos rosas y lóbulos agujerados, aretitos. No recuerdo cuándo fue la última vez que hice pipí. Ahí lo sabría. Quizá esté circuncidado. Ahora a todos los niños los circuncidan por higiene. Si resulta que soy mujer y crezco, sabré lo que es tener senos, y lo que sería frustrarse si no crecen, tantos años esperando ver qué es tenerlos, para tener unos que podrían ser de hombre. Mi mamá huele bien. Intentaré hablarle. No lo haré. Ahora me está llevando en brazos; si le hablara se horrorizaría. Un bebé hablando. Me dejaría caer. Normalmente un metro treinta centímetros no es peligroso, pero a mi escala esa distancia es como caer de dos pisos. Además aquí se está tan bien. Seguramente voy a despertar en cualquier instante, hundida mi cara en el plato de sopa, debajo de las luces del quirófano en la sala de emergencia, atado a una silla en una bodega, amordazado, o en los brazos de Paula, quienquiera que sea; se va a reír tanto cuando le diga de mi madre, me va a decir con esa voz metálica suya, de altavoces, que es mi complejo de Edipo, que los pasajeros con destino a la Ciudad de México pueden pasar a la sala veintisiete, ahora entiendo, los aviones borrosos, esta sensación de seguridad y antisepsia, estoy transbordando entre dos vuelos, llevo horas esperando la conexión, debo despertar o perderé mi. Pero mis párpados pesan toneladas, no soy capaz de mover un dedo, estoy amarrado a esta silla y el hombre de la navaja hace otra incisión en mi frente, arde y está caliente, la sangre como jalea cubre mi vista, la leche de mi madre es agria y sabe a fierro, debo ir a la Ciudad de México, yo no maté a Paula, entiendan, ella se metió un tiro. Mi madre, al escucharme hablar me suelta horrorizada, lo sabía; entonces caigo, el avión se desploma, debemos poner la cabeza entre las piernas como indican los manuales de seguridad y no entrar en pánico, una fugaz estrella de crema de espárragos se expande en el aire y va a dar al suelo.

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