La relatividad de López

Su madre lo acusaba de relativista. La ponía muy mal. El relativismo. Contenía un grito tensando los músculos del cuello y le reclamaba en voz baja:

—Tu maldito relativismo… —se le secaba la garganta al decirlo.

Camino al trabajo, él lo rumiaba un poco. Su teoría general de la relatividad no era una teoría propiamente dicha, ni siquiera alcanzaría el grado de hipótesis, o de opinión. En realidad era una abdicación del pensamiento. La recepcionista le había sonreído ayer y le había platicado algo. Qué le había platicado.

—Ya mañana es viernes. Yujú. Qué bueno.

Eso había dicho ella. Pero se lo había dicho a él. A López. Eso podía no significar nada: ella lo estaba pensando en ese momento y al verlo a él, tan poca cosa, le dio lo mismo decirlo, como quien platica con un perro. O podía significar todo: ella había querido hablarle desde hace varios días, pero sólo ese jueves ella encontró el modo de decirle algo a él, al licenciado López, el gerente. López también rumiaba eso en el auto.

A su mamá le había dicho:

—Voy a invitar a la recepcionista a cenar hoy.
—¿A quién?
—Me cae bien. A ti te va a caer bien. Es linda. Es bonita.

Pero al decírselo, sabía que se asomaba a un abismo: era muy probable que la joven no aceptara. Sabía que la posibilidad de que ella accediera a su cortejo se reducía en proporción a su belleza. Era tan bonita que el rechazo parecía inevitable. Tal vez ni siquiera él se atrevería a hablarle. Que al pasar frente a ella no pudiera más y bajara la vista. Entonces cayó en cuenta del principio de incertidumbre que pesa sobre todas las cosas. Eso le quitó el hambre.

Su madre lo miraba seca. A su madre le gustaban las certezas. Saber que la quería. Saber que no la iba a dejar. Saber que sería siempre la única mujer de su vida. Desde niño, ese mundo fijo a él le funcionó bien. Era el hombre de la casa. El que rechazó a los dos hombres que su mamá alguna vez se atrevió a presentarle. Luego ya no se atrevió más. Luego pasaron los años. Ahora López ya no estaba seguro de nada.

Por otra parte, era tan bonita que eso abría las posibilidades de que mamá permitiera la relación. No iba a dejarla por cualquier mujer, como la “gorda” de recursos humanos, o la “vieja” de legal, o la “vulgar” de sistemas (los adjetivos los había puesto su madre), sino por la recepcionista que, al menos para él, era linda. Pero el asunto del relativismo era más profundo. Más allá de las cosas que él siempre supo como ciertas, López no sabía nada más. Veía nebulosas. En uno de sus sueños recurrentes, él estaba parado sobre las nubes y entendía de golpe que las nubes eran de vapor, y que el vapor era aire, y el aire no soporta el peso de una persona. Al darse cuenta, caía en picado. Antes de atravesar la nube hacia el suelo, despertaba.

—Y si ella sale contigo, si se enamora —dijo finalmente su mamá—. ¿Qué va a ser de nosotros?

López le sirvió el café. La miró.

—No puede ser tan malo, mamá —y enunció su teoría, o su opinión, o su abdicación del pensamiento: —Las cosas no pueden ser siempre buenas o malas, mamá. Casi siempre no son ni uno ni lo otro. Casi siempre ni siquiera son cosas. Son lo que nos parece que sean. Ella es linda para mí. Pero tal vez no me haga caso. O tal vez sí. En todo caso es bueno que esté pensando en ella al menos. Al menos ya es pensar en algo. O en nada.
—Otra vez tu relativismo.
—Viene de ti mamá.
—No. Yo no. Yo no soy relativista.
—Esto mío ni siquiera es eso que dices.

Ya había llegado a la oficina. Estacionó el coche ensayando su discurso. Lo que le iba a decir a la recepcionista. Las piernas le temblaban, sintió que el estómago empezaba a dolerle. La vio detrás del cristal, esbelta, se arreglaba el cabello.

Entró.

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