Una verdad incómoda

Científicos estadounidenses comprobaron hace unos días que la mente humana es crédula y que, en especial, gusta de creer ciegamente en sus propias mentiras. Parecería un descubrimiento un tanto evidente, dadas la abrumadora cantidad de pruebas que los libros de historia, de filosofía, de economía, el radio, el internet, la televisión y el periódico de cada mañana se dedican a acumular, excepto por el hecho de que científicamente comprobaron la candidez de la psique. Científicamente. Antes nadie lo había sometido a un experimento. Y aunque lo dábamos por un hecho, no es lo mismo que la ciencia lo decrete.

Dieron a los sujetos distintas marcas de mermelada. Las probaron y anotaron sus conclusiones. Cierta marca que no se vende en México, consistentemente era la mejor. Luego les pidideron a esos mismos sujetos explicar las razones por las cuales prefereían una mermelada a otra.

Entonces todo cambió.

Cuando intentaron explicar las características de las mermeladas —es decir, cuando aplicaron la inteligencia— la necesidad de adjetivar traicionó lo que sus sentidos tan claramente les indicaban. Así, una mermelada que había sido poco preferida resultó ser la mejor, y la que era mejor pasó a formar parte del promedio.

Esto podría tener un montón de moralejas, pero creo que son innecesarias.

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