Calambres

Hace rato fui a nadar y me dio un calambre en la alberca. Hace meses que no me pasaba. También es verdad que en estos últimos días no he tenido inconveniente en beber cerveza, tequila o sake, pese a las advertencias recientemente aparecidas en los periódicos y multiplicadas por las redes sociales, de que el alcohol es más dañino que la mariguana o la heroína.

A esas horas, el Sport City estaba casi vacío. Sólo unas cuantas señoras de Polanco hacían acuaeróbics. El calambre había aparecido por primera vez poco después de cruzar el kilómetro de nado. Pero seguí. Cuatrocientos metros más tarde, se apoderó finalmente de mi pierna: un luchador invisible que me aplicaba una llave despiadada.

—Le están cobrando la factura, los tequilas —me dijo la instructora, segundos después, metida ya en la alberca, torciendo mi pie entre sus manos para destrabarlo.

Anteriormente, cuando mi vida era ordenada y tenía un rumbo definido, probablemente yo no bebía nada en semanas. Pero en estos días, con el pretexto de platicar a mis amigos los misterios y dolores de mi nueva situación laboral y amatoria, le he dado chance a los tragos.

—Es por la deshidratación, los calambres —la instructora, al hablar, no sólo tuerce mi pie, sino también un poco la sintaxis de las frases.

Con cara de dolor me quité los gogles. Las señoras del acuaeróbics me veían sin dejar de hacer sus rutinas.

Poco a poco el dolor fue cediendo. Le dí las gracias y salí de la alberca.

Aún el calambre amenaza desde mi pantorrilla derecha, como animal escondido preparándose para morderme.

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1 comentario

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Una respuesta a “Calambres

  1. Asi, justo asi pasa con todas esas situaciones: Al principio uno piensa: Que dolor! Después se va. Animo.