Queloide

Tengo en la muñeca izquierda una cicatriz bastante notoria de unos veinte centímetros de longitud. Cuando las personas la descubren siempre me preguntan qué me pasó ahí. A veces es buen tema de conversación para romper el hielo. Incluso, en cierta ocasión una actriz famosa, joven y bella, a la que iba a entrevistar, me dijo antes de que le lanzara la primer pregunta:

—¿Puedo?

Y la punta de su uña manicurada recorrió la marca de mi muñeca de un extremo a otro. Simultáneamente, un escalofrío me recorrió de la primera a la última de mis vértebras de ida y vuelta.

Es tan larga la cicatriz que cualquier respuesta que dé es creíble: ataque de cocodrilo, asalto con cuchillo, intento de suicidio, combate con ninjas.

La explicación real, en cambio, es decepcionante: intentaba hacer un trabajo de carpintería, me rebané con el serrucho. Sobra decir que soy lo más lejano que hay a un carpintero. Eso habrá sido en 1997 o 98. Y tampoco fue la carnicería que la marca supone: cuatro puntitos de sangre que se hicieron costra a los pocos minutos y ya. Nada de suturas. Unas gasas con tela adhesiva y ya. Salivita. Los días siguientes, todas las personas a mi alrededor que le echaban un vistazo a mi herida, dictaminaban, con precisión de cirujanos:

—Es una queloide.

Nunca había oído esa palabra. Queloide. Todo el mundo la usaba al ver mi herida. Como si de golpe se hubiera implantado en la población hispanohablante una actualización del lenguaje y a mí me hubiera llegado sólo de oídas, referida a la marca que se adueñaba de mi brazo.

Entiendo que hay quien cicatriza suavemente, de una herida profunda apenas le quedan marcas que sólo pueden verse si las buscan. Yo no, mi cicatrización es externa, notoria, da de qué hablar.

Pero finalmente, cicatrizo. Queda la marca, pero sana la herida.

Esto para dejar claro que si aquí en este blog externo lo que se me dé la gana es porque soy queloide. ¿Estamos?

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1 comentario

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Una respuesta a “Queloide

  1. macarena

    claro que estamos, para eso estamos !