Dos episodios de PNL amateur

(NOTA: Este post también aparece, este mismo día, en un proyecto cibernético de nombre harto curioso Antropía Tóxica, propuesta de mi amigo Óscar Corona. Vale la pena visitar el sitio porque desmitifica esa noción de que la autoayuda es lo más alejado de la sensatez.)

Más o menos, la PNL o programación neurolingüística consiste en convencer al inconsciente de una idea por medio de la repetición tenaz de afirmaciones. Es una definición simplista, lo sé, pero sirve para presentar estos interesantes casos

Caso 1) Hace un frío endemoniado. No traigo suéter y debo andar varias calles a pie. El viento no ayuda, tampoco mi mala costumbre de no usar camiseta. Una vieja maña que adquirí en la preparatoria, cuando por primera vez leí sobre programación neurolingüística puede aliviarme un poco el frío; no del todo, pero sí elevar mi percepción de la temperatura unos cuantos grados. En voz alta, digo:

—Hace calor, hace calor, hace calor.

Y en efecto, el cuerpo se relaja y se tolera mejor el frío, como si en verdad la temperatura fuera soportable.

En realidad, andar diciendo que qué frío hace sólo logra convencer a nuestro organismo de que necesita estresarse porque corre peligro de morir congelado. Decir lo contrario le quita esa idea y puede llegar a creer que pese a que lo siente, el frío es menor.

Como sea, siempre es mejor llevar abrigo.

Caso 2) Mi hijo de cinco años despierta a media noche. No recuerda qué soñó, pero tiene miedo. Además le “duele el pie” y ya sabemos lo que ese “dolor” significa: extraña a mamá. Ella y yo estamos divorciados y este fin de semana me toca tenerlo en casa. Quiere llamarle por teléfono pero logro disuadirlo, sin embargo, mis intentos por tranquilizarlo sólo le refuerzan su sentimiento de desamparo. Si le digo no llores, llora. Si le digo no temas a la oscuridad, se imagina monstruos. Me sugiere que prenda la tele, que eso va a calmarlo, pero no es una gran idea. Pasa una hora. Llora, se calma. Le duele el pie. Finalmente, le digo que tiene que dominar su mente porque es la que le provoca todos esos desajustes. Le pido que repita:

—Soy fuerte. Soy valiente. Yo domino a mi mente.

Y para mayor énfasis, lo rapeo. Él ríe. Lo repite tres veces y como por arte de magia, plaf, se duerme. Profundamente.

Días después se lo cuento a mi psicóloga. Ella hace una mueca. No le encantan mis métodos empíricos de PNL; al parecer haberle dicho al niño que su propia mente es la que le provoca esos desajustes no es la mejor idea, pero a las tres de la mañana fue lo mejor que se me ocurrió. Lo que sí admite es que la frase que utilicé fue contundente y que en ese episodio de pánico nocturno, decir eso lo reafirmó, le dio estructura y le permitió dormir en paz.

En lo que a mi respecta, esa noche, por más PNL que me receté no pude volver a conciliar el sueño.

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