Consciencia

Finalmente, llegó a la edad en la que se dio cuenta. Hasta antes de este momento, pretencioso como era, podía fantasear con que su carácter se debía a cierta vejez prematura del alma —nunca a considerarse un “alma vieja”, idea que le siempre le pareció nauseabunda, porque implicaba primero creer en la reencarnación, idea opuesta a su ateísmo, y segundo involucraba una soberbia deleznable en quien se autoproclamaba “alma vieja”—. Pero siempre se sintió viejo, desde la niñez, y su vejez la medía en su propensión al cansancio, en preferir siempre la calma y el orden, en alejarse de toda clase de apuestas, y hallarle sentido a su aburrimiento.

Pero los números no mienten y, cuando leyó en un ensayo de Jung sobre la psique masculina que alrededor de los 38 años el héroe debe de aniquilarse, quemarse por completo, morir, y olvidarse de querer ser un héroe, entonces cayó en cuenta.

38 años; ni más ni menos.

Ese día se quedó en casa y miró un tiempo por la ventana: enfrente habían demolido la construcción e iniciaban los trabajos para un edificio que en unos meses le taparía la luz del sol. El vigilante del terreno, un hombre de alrededor de setenta años que se había convertido en el cuidador de autos de la calle, lo vio y lo saludó con la mano. El hombre de 38 años respondió al saludo.

Una joven hermosa descendió de un auto de lujo conducido por un hombre mucho mayor, se dio la vuelta y lo besó en los labios. El hombre arrancó derrochando potencia. La chica, de caminar inseguro, entró en la casa de junto, donde al parecer hacen castings para comerciales.

En la maceta bajo la ventana, dos botones blancos estaban a punto de florecer. Recordó que tenía que ponerle agua.

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