Discontinua

Tenía un anillo en el dedo meñique que parecía de compromiso, pero no recordaba haberlo recibido. Ella se sentó en una banca del parque a reconsiderar: la noche anterior había estado con varios hombres, como todas las noches, como todos los días. El último de ellos le pidió que llevara medias de red. El anillo parecía real, al ponerlo contra el sol daba reflejos que el cristal no hubiera podido recrear. Encendió un cigarro y mientras fumaba lentamente, miró en la vereda del parque a un padre jugar con su hijo: el niño avanzaba en el triciclo a toda velocidad y cruzaba un charco, salpicando a todas partes. Vagamente pensó que eso le recordaba algo que podría haber vivido. Tomó su celular y marcó un número. Contestó una operadora que le indicó varias opciones. Eligió hablar con un ejecutivo. El que le asignaron tenía en la voz un ligero acento sudamericano.

—¿Qué día es hoy? —preguntó ella.
—Febrero dieciocho —dijo él.
—De qué año.
—Dos mil quince.
—Diablos —y colgó.

Ya se lo habían advertido cuando contrató el servicio hace siete años. La vida podría volvérsele discontinua. Tener súbitos adelantos a un futuro del que no tenía antecedentes. Pero que sólo pasaba en casos muy raros y, en todo caso, podría exigir que le devolvieran el dinero. Volvió a marcar. Ahora le asignaron un ejecutivo que tenía voz de preadolescente.

—Estoy teniendo una laguna, de varios años —dijo ella.
—¿Perdón?
—Ayer estaba yo en dos mil ocho; es decir, mi consciencia. Pedí que borraran mi pasado, pero veo que esto sigue sucediendo.
—No le entiendo.
—Necesito hablar con tu superior, imbécil.

Esperó quince minutos en la línea. Repetían la misma canción navideña y no se cansaban de insistirle que su llamada era muy importante para ellos, que por favor no colgara. Finalmente un superior le atendió. La escuchó comprensivo, buscó sus datos, y le dijo que, efectivamente, se registraba una falla en el disco de memoria, que mientras tanto siguiera normalmente, en un plazo no mayor a 72 horas podría recuperar sus recuerdos.

—¿Y cómo sabré que son los míos? —preguntó.

Le respondió él con unos segundos de silencio tras el cual se limitó a preguntarle si no se le ofrecía nada más.

Se revisó la ropa: no le aportaba pistas, salvo que parecía más bien el atuendo de una secretaria. En la cartera estaban sus documentos, casi todos ellos nuevos para ella. El domicilio variaba en cada uno. Intentó escudriñar su propio rostro para ver si podía discernir algo. En la cartera estaba la foto de un hombre que le pareció demasiado viejo para ella; no le agradó.

En vano buscó algún sobre con cocaína. Halló un espejito de mano. Dios mío, pensó, el paso del tiempo. Las ojeras instaladas debajo de sus párpados, arrugas alrededor de los ojos. Había engordado.

Esa tarde empeñó el anillo y, con el dinero, fue a un bar. Bebió hasta sentirse invencible. Besó a varios hombres hasta que dos de ellos le ofrecieron llevársela de ahí y le pagaron su cuenta. Tenían cocaína, bendito sea. Se quitó la ropa y bailó para ellos.

Cuando despertó, en una banca del parque en la que creía haber estado antes, alguna vez, pero no podría asegurarlo, sólo la cubría una camiseta. Olía a orines. Un adolescente pasó a toda velocidad con su bicicleta. Las ropas del chico y del resto de la gente y de los policías le permitieron vislumbrar que había ocurrido de nuevo. Le dolían las articulaciones.

—¿Qué año es? —les dijo sonriendo, como una niña pequeña.
—Dos mil veintisiete. Acompáñenos.

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