Mantis religiosas

A los seis años entendí que habían sustituido a mis padres. No me quedaba claro el motivo, pero no eran ellos. La misma cara, su manera de hablar, sus expresiones, su forma de moverse, pero había detalles sin importancia que los delataban. Ya no eran humanos. Al día siguiente que los sustituyeron, mi mamá dejó de darle pecho a mi hermanita y la razón me pareció obvia: mi hermanita no soportaba el sabor de la leche que la mamá sustituta le daba.

Empecé a espiarlos. Iban más tiempo al baño e iban juntos. Supuse que tenían otro organismo y muy posiblemente debían vomitar la comida para poderla digerir, como las moscas. Por eso los jadeos. Y eso debían hacerlo en el baño porque en la mesa hubiera sido desagradable. Supongo que en su planeta eso estaría bien visto.

En la azotea del edificio aparecieron tres marcas circulares sobre el piso de impermeabilizante, como si las hubieran impreso. Según el conserje siempre habían estado ahí, pero yo estaba seguro que no: ahí había aterrizado la nave que secuestró a mis padres y trajo a los nuevos.

Yo, cada que podía les ponía pruebas de memoria, para ver si finalmente se delataban y me revelaban las razones de su misión.

—A ver mamá, ¿cuál es mi juguete favorito?
—Ay mijo —nunca me decía mijo, prueba irrefutable— yo qué voy a saber.
—Antes sabías, mamá.
—¿Sí? ¿No, no sé, cuál?

Y le inventaba otro juguete, uno que yo no tenía, para confundirla. Estaba seguro que lo mejor que yo podría hacer era darles datos falsos sobre todo lo que pudiera para frustrarles su misión.

Otro día aplastaron una cucaracha en la cocina, a los pocos segundos desapareció. Estoy seguro de que se la comieron con gusto.

—¿Qué ves tanto a mi mano? —me preguntó mi “papá”, era un domingo; yo había puesto mi manita contra la suya.
—Se te ven mucho las venas por abajo —dije.
—¿Ah sí? —se dio cuenta que lo había descubierto, así que se puso a fingir— es normal, ¿no? Mira, tu mamá también las tiene así.

¡Pues claro!, pensé.

Dejé de decirles papá y mamá. Sé que eso me ponía en peligro, pero no podía simular por mucho tiempo un cariño que ya no les tenía. También dejé de abrazarlos y de darles la mano cuando salíamos a la calle. A mí me preocupaba sobre todo mi hermanita, que además tenía fiebre.

La llevaron con el pediatra. Yo me quedé con mi abuela, a quien por si las dudas, le pregunté:

—Abuelita, ¿qué me regalaste cuando cumplí cuatro años?
—¡El muñeco del hombre nuclear!
—¡Sí! ¡Es mi favorito!

Ella sí era la original, respiré tranquilo.

Cuando volvieron del doctor ya traían a mi hermanita falsa. Lo noté porque ya no traía chupón ni fiebre. Y porque mis papás dijeron estar llenísimos de haber comido “tacos”. En realidad, se la habían comido. Se despidieron de mi abuela y me miraron a mí. Amenazantes. Esa noche lloré en silencio, no me fueran a oír. Me sentí tremendamente solo.

Por las dudas, me levanté y fui a la cocina por un cuchillo, de esos que no me dejaban agarrar supuestamente para que no me cortara. En realidad era porque ya sabían que yo sabía. El cuchillo me dio tranquilidad y me dormí.

Me despertó el dolor. Grité. Se encendieron las luces y mi “mamá” entró espantada. Mi mano escurría sangré. El cuchillo estaba sobre las sábanas.

—¿Pero qué haces con ese cuchillo?

Mi mano no dejaba de sangrar.

—¿Eres sonámbulo?

Tomó mi mano herida y comenzó a chupar la sangre. Lo hizo con verdadero placer.

No pude más. Tomé el cuchillo y se lo clavé en el cuello. Pero la fuerza de un niño de seis años no alcanza para atravesar la piel. Me detuvo con su otra mano. Me quitó el arma. Me miró con sus ojos compuestos. Entró mi “papá”. Se miraron entre ellos, cómplices.

—Tu hijo me atacó con el cuchillo.
—¿Estás bien?
—Sólo un rasguño.
—Tranquilo, campeón, es sólo una pesadilla. Somos mamá y papá. Ya pasó.

Él nunca me decía campeón. Fingían tan mal. Yo los miraba muy alerta. Me puso la mano en la frente.

—Tiene temperatura. Ya lo contagió Sofi. A ver –vio el rasguño de ella y luego mi mano; salivó.

Ella le cedió mi mano y él empezó a succionar la sangre tambien. Con deleite.

Cuando volvieron a apagar las luces, fui a su cuarto, de puntitas. Juro que los vi despojados de su piel, dos enormes mantis religiosas, una encima de la otra con sus lenguas enormes succionándose.

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