Mi problema con la poesía

Si alguien quisiera ponerme en evidencia, sólo tiene que ir a la biblioteca de la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe, y buscar en la sección de tesis una que lleva por título “Gerardo Deniz o la fixión de la poesía” (sic) y que casualmente está firmada por mí.

Tesis es impreciso: es mejor trabajo escolar en esteroides. En mi defensa diré que sólo tenía 25 años y estaba viviendo los últimos estertores de mi fe. No la religiosa que ya la había perdido como a los 18 años, sino la fe abstracta, esperar que todo esto sea algo, o signifique algo, o lleve a algo.

Gerardo Deniz tenía por entonces 60 años y se veía diez años más viejo: un gigante con gafas de armazón, barba de chivo y cuerpo de botellón que me parecía ya no creer en nada. En alguna de nuestras conversaciones amenazó con irse a prender fuego al Zócalo. A mí, que seguía arrastrando la pubertad cerebral más allá de los veinte años, me pareció que 60 son demasiados años y que lo que estaba viendo, la existencia desolada de un genio apenas reconocido, enclaustrado en un departamento minúsculo desbordado de polvo y libros, era una estampa triste.

Sigo pensando que él ha sido el único genio que me ha tocado conocer en persona. Y eso que he entrevistado a personas cuyo talento les ha dado fama mundial, llenan estadios, reciben premios y creemos han cambiado la historia del cine o de la música. El genio es otra cosa. Que triunfe es irrelevante. Se eleva encima aún de la brillantez y alcanza las sombras. Ya jamás desciende.

Yo tenía 25 años y tuve miedo de volver a ver al poeta. Ahora tengo 38. No he vuelto a verlo.

En mi tesis intenté compensar ese pánico con una especie de ateología chapucera que evangelizaba una salvación por medio del arte. Específicamente por medio de la poesía. Insisto: yo quería creer. Quería tener fe. Aunque fuera en eso. Aunque fuera en él.

Una salvación —la impronta católica que me traicionaba.

Luego he querido creer en coincidencias, en el amor sublime, en la narrativa capaz de unir ambas cosas, en el momento presente, en la memoria, en la psique, en la ciencia, en la paternidad. ¿Por qué no nací con la impronta de creer en el dinero? Ahora sería el feliz líder de una banda de secuestradores. ¿O, mejor, de creer en el sexo y en el dinero, y ahora administraría un próspero putero?

No. Las improntas. No salimos de ellas. Las repetimos y las vestimos de cualquier otra cosa. Por ejemplo: escribo en un blog con la fe en que seré leído, en que lectores vendrán a salvarme. Abajo de mi pretendido ateísmo sigo teniendo fe en una suerte de salvación ridícula.

En cambio Deniz, a oscuras, sentado en las sombras de su departamento, quizá en algún desorden de la mente le venga a la memoria que un joven de 25 pensaba escribir una tesis sobre él. Sé que tiene memoria prodigiosa, así que imagino que sí, absurdamente, me recuerda de entonces, como una imagen mental estorbosa, inconcluyente, de 1995.

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo Uncategorized

3 Respuestas a “Mi problema con la poesía

  1. Juan Carlos

    Si bien no puedo ni salvarme a mi mismo, ten la seguridad que seguiré leyendo. Supongo que la “salvación” será responsabilidad de cada uno de nosotros, el concepto que tengamos de ella y la esperanza que le guardemos.

  2. Me gustó este post. Fluye muy bien… Además me gusta lo que dices sobre ‘el genio’. Estoy de acuerdo contigo.
    Te mando un abrazo.

  3. Ruy

    Chistoso que justo abajo de tu post aparezca un Google Ad del periódico Excelsior. No sé por qué es chistoso, pero intuyo que lo es. Qué le hago: mi impronta es creer que todo significa otra cosa, lo cual casi siempre es chistoso. Otra impronta.

    Saludos, maestro.