Archivo de la categoría: Entendimiento humano

Ex profeta

Se supone —uno de tantos cuentos que me gusta creer sobre mí mismo— que soy capaz de intuir el alma de una persona con sólo ver su retrato. Cuando practicaba ese talento yo era una persona solitaria. Es comprensible, la soledad engendra monstruos. En aquella época trabajaba en una revista de espectáculos. Las portadas de todas las ediciones estaban ordenadas en la pared de entrada: celebridades del México de los noventa tratando de cautivar a la cámara.

Me perturbaban. Para mi mentalidad obsesiva todos ellos pedían auxilio.

El secreto consiste en enfocarse en la mirada. En ella, se lee todo lo que la gente ha mirado, y ha procesado. Se lee también o que ha decidido hacer como si nunca hubiera mirado. La mirada, por ejemplo, de Gloria Trevi, era espeluznante. La de Lucero. La de Sasha. Con pasmosa frecuencia acertaba en mis diagnósticos.

Algo similar me ocurría cuando entraba por vez primera a casa de alguien. La energía simbólica de los retratos en las repisas, los títulos de los libros, los adornos sobre la mesa, los cuadros en la pared, la cantidad de polvo que descansa en los muebles. En esos años me causaban una suerte de ahogo.

Cada elemento irradiaba algo.

Ya no más. No siento que haya perdido esa facultad, pero he sabido adormecerla. Si permitiera que me dominara, como antes, viviría abrumado por el Facebook o el Myspace y su profusión de fotos y detalles no solicitados: esos accidentes del alma accidental de nuestra época.

De vez en cuando recupero la clarividencia perdida. Ese día estaré taciturno. Más silencioso que de costumbre. Preocupado por lo que alguien más haya podido ver de mí.

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Narrativa musical

La escritura como jazz, sólo que aquí, sin armonía previa, sobre el silencio, como quien intenta una melodía titubeante, que calla cada dos compases y regresa después, en otro tono, con otra cadencia, y vuelve a callar. Como el músico que apenas afina el instrumento.

De niño oía música clásica y cerraba los ojos. Mis pocos años de entrenamiento en películas de Disney y de Spielberg me habían dictado los clichés del lenguaje musical: ciertas melodías indicaban caballos galopando, otras eran marchas reales, otras momentos tristísimos, otras aventuras trepidantes. Eso me llevo a tratar de repetir el método con mi hijo: poner el radio en la estación de música clásica (94.5 o 96.1 FM) y a partir de lo que en ese momento transmitían, narrar una historia inspirada por la música de ese momento.

Descubrí, al hacer ese ejercicio de improvisación, que las melodías tienen una estructura narrativa intrínseca: muchas veces el final perfecto del cuento azaroso coincidía con el final de la música.

Imaginaba que, de algún modo, al contarle esos cuentos, estaba estimulando su inteligencia, su imaginación, su sentido del ritmo y de la narrativa. A veces me decía:

—Pon la música y cuéntame un cuento.

Yo lo hacía gustoso, pero acababa exhausto, el esfuerzo mental era más grande de lo que podría calcular.

Pero ya han transcurrido varios meses desde el último cuento musical. Un mal día mi hijo descubrió la música pop, y ya no tolera la música clásica. Ni aunque tenga cuento.

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Subtrama

Todas las madrugadas la misma pregunta, formulada a oscuras, sentado en la taza del baño: de qué se trata mi vida. La respuesta nunca la sabe.

Si se trata de trabajar en la oficina de un corporativo para obtener cada quincena un ingreso.

Si se trata de intentar ser un papá a medias, menos que a medias: cada quince días apenas ve a su hijo tres días completos, la quinta parte de un padre; o tal vez eso es más que suficiente, por más que hace memoria no recuerda que su propio padre, al que de niño veía todos los días, le hubiera dedicado tanta atención.

Si se trata de equilibrar su relación de pareja con una joven quince años más joven.

Si se trata de escribir su obra literaria —algo que hace meses ya no hace, salvo en un blog en el que descarga sus dilemas.

Si se trata de olvidarse de todo eso y mejor huir, irse a Alaska o la Patagonia, pero lejos, refugiarse en un caserío donde nadie lo conozca y ahí trabajar de jornalero, pavimentando una carretera, y por las noches tratar a la camarera del restaurante del lugar, una mujer carnosa, en sus treintas, con tres hijos de distintos padres y una plática armada en monosílabos, cortejarla porque es la única mujer a la redonda, beber hasta perder el sentido, despertar vomitando en la madrugada con la cabeza metida en el escusado y preguntarse, de qué se trata mi vida.

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Informe extraterrestre sobre la mortalidad en los humanos

Entre los muchos inconvenientes de la especie humana, es que cada individuo, sin excepción, tarde o temprano entra en un estado de inmovilidad y luego de descomposición absolutas. A eso lo llaman muerte.

Como en apariencia ese estado obstaculiza muchas de sus actividades, han dedicado varios milenios a tratar de erradicarlo, sin el menor éxito. Lo más que han logrado es posponerlo unas cuantas décadas, al adelantar buena parte de la descomposición y ponerla antes de la inmovilidad. De tal forma que la segunda mitad de la vida de un ser humano se enfoca en una patética lucha contra esa descomposición que, por lo demás, es imparable.

A los humanos en descomposición les entra una enorme nostalgia por los años en los que aún veían el deterioro como algo lejano. Quizá como un ritual mágico o por lo menos desesperado, se disfrazan para adoptar los atributos de los humanos no-descompuestos. Para esto se estiran el pellejo que los cubre, de la misma forma como estiran el pellejo de un tambor; se tiñen el cabello en tonos imposibles de imitar por la naturaleza; se inyectan sustancias tóxicas que atrofian la movilidad del rostro para evitar que el semblante se arrugue; y adoptan actitudes comportamentales, sexuales, de vestido y de vehículo de transporte que intentan imitar a los no-descompuestos.

Sin embargo, se descomponen; y al final se inmovilizan. Ya inmóviles, se siguen descomponiendo con ayuda de larvas y bacterias, o un horno incinerador.

En ocasiones, este intento por retardar la inmovilidad cobra tintes cómicos. Por ejemplo, aparece un nuevo virus que promete acelerar esa inmovilidad y situarla en el orden adecuado, que es antes de la descomposición y no después de ella. Ante esa amenaza, prefieren seguir viviendo como si estuvieran ya inmovilizados antes que dejarse inmovilizar. Se dejan de tocar. Se cubren el rostro. Experimentan profundos temores. Se vuelven monotemáticos en sus conversaciones. Dejan de interactuar en sitios públicos. Se abstienen del frotamiento propio de la reproducción, o lo entorpecen con polímeros elásticos.

Así se comportan hasta que la amenaza cede y entonces vuelven a dedicarse en cuerpo y alma a disimular su triste deterioro hasta que finalmente el deterioro los inmoviliza.

Cuando esto sucede, los no-inmovilizados organizan una extraña fiesta con dress code (como ellos lo llaman) todo negro donde está mal visto reírse.

Recomendamos no decirles aún lo equivocados que están. Cuando les hagamos llegar nuestra tecnología para ser inmortales y eternamente no-descompuestos conocerán el verdadero significado de la palabra náusea.

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Solipsismo

Cumplió cuatro años hace cosa de un mes. Sentado en el asiento trasero del auto, lleva varios minutos en silencio. Le digo algo. Me responde:

—No me interrumpas, papá.
—¿Eh?
—Es que estoy pensando.
—¡Ah! ¿Oye y en qué piensas?
—¡No me interrumpas!

Sigue con sus reflexiones mirando la ventana. Días después me dice:

—Yo soy mágico.
—¿Por qué?
—Porque puedo oír mi voz sin abrir ni mover la boca.

A mí me pasó algo parecido a su edad. En mi caso, muy pronto empecé a encontrar a mi voz interna mucho más interesante que el mundo exterior, además de que esa voz tenía la ventaja de poner en orden y explicar mi mundo exterior.

Afuera de mí, blablablá.

Todavía me sucede, a mitad de una conversación en alguna fiesta animada, que me aburro y prefiero seguir conversando conmigo mismo.

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Músculos faciales

La dentista pone sus dedos en los músculos de mi mandíbula y dictamina que están sobretrabajados (usa una palabreja médica que suena a griego antiguo y que ya he olvidado).

—Es por el estrés —dice luego.

En la universidad había chicas muy lindas que no me gustaban tanto porque me parecía que tenían la expresión vacía (en realidad era porque nunca me hacían caso, pero me consolaba encontrar motivos para ser yo quien las desdeñara… aunque ellas no se enteraran nunca). Mis compañeros no estaban de acuerdo: la belleza genética bastaba para convencerlos. Yo les argumentaba que esa expresión laxa no me decía nada, la sonrisa era zonza, la tristeza era insulsa, la seducción era insípida. Me veían como se mira a los nerds sin remedio y ya no discutían. Lo cierto es que a mí me gustaban un poco más aquellas que, además de la fortuna genética, mostraran cierta tensión muscular en el rostro. Eso, según yo, hablaba de inteligencia.

Ahora me vengo a enterar que en realidad es por el estrés. En el mejor de los casos, que cierta inteligencia da estrés. Supongo que la sabiduría infinita elimina el estrés, así que el Buda seguro tenía cara de menso. Lo digo por lo de los músculos faciales.

Fui al museo de cera el fin de semana pasado. Según el artista que lo modeló, José María Morelos tenía un rostro tremendamente musculoso. Un fiscocultursita de la cara, pues. Eso ya va más allá del estrés. Morelos hacía pesas con los maxilares.

Y como tengo estrés, dice mi dentista, aprieto los dientes: me voy a consumir el esmalte a fuerza de tensión facial.

Esto sólo para justificar que si me ven cara de estúpido, es por motivos de salud.

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Dudas cotidianas

¿Las horas que debo de sueño las pagaré con horas menos de vida?

¿Soy el único inadaptado que tiene que estirar sus suéteres antes de ponérselos porque se encogieron, o todo el mundo lo hace y es lo normal?

¿Por qué mocos, lagañas, cerilla, orina, semen, fluido, caca, saliva nos dan asco si no dejamos de producirlos?

¿Por qué soy el único en el cine, cuando la película se ve ligerísimamente borrosa, que se levanta a reclamarle a los encargados para que la corrijan?

¿Cómo le hacen esos automóviles para nacer de repente, con todo y conductor tocando el claxon, justo al lado de tu vehículo?

¿Soy el único editor de revista ignorante respecto al tema que su revista aborda? (No conozco antros, voy a pocos restaurantes, no sé el nombre de mi delegado…)

¿Cómo vivían los seres humanos antes del internet o del papel de baño?

¿Por qué los edificios deshabitados se desmoronan más pronto que los habitados si nadie los usa?

¿Es realmente anormal hablar en voz alta con uno mismo a solas?

¿Qué tal que estamos todos equivocados?

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