El malestar de la materia

Del refrigerador saco una bolsa de fresas congeladas. Abro el empaque y acomodo las fresas rígidas en un tóper. Los dedos se me entumen y quedan las yemas de los dedos húmedas: gotas diminutas provenientes del hielo que se derritió con la temperatura de mi piel. Átomos que pasaron de un estado a otro.

Pongo agua a la maceta y pienso que la planta en realidad está hecha de tierra. Pero es tierra reordenada a nivel atómico por el sistema que el vegetal impuso a los minerales que en la maceta estaban dispersos.

Recuerdo haber leído sobre el condensado de Bose-Einstein, una sopa hecha no de átomos sino de partículas cuánticas a una temperatura cercana al cero absoluto que al estar carente de frición, encerrada en un recipiente, empieza a trepar por las paredes y, por más hermético que esté cerrado, se filtra y escapa.

Pienso entonces en los multiversos que podrían ser infinitos. Y reconozco ese malestar: sé que todo esto existe porque creo poder saberlo, pero todo esto pudo no ser, o todo esto es como un mecanismo.

No nos quedan sino unas cuantas generaciones más antes de que nos aniquilemos. Luego la nada. Todo este aparato de materia y antimateria y materia oscura y energía y energía oscura, nuevamente se hundirá en la mecánica pura, sin sentido, sin comienzo, sin final.

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De la realidad a la ficción y de regreso

Todo escritor es un neurótico que cruza los límites de la ficción y la realidad de ida y vuelta. En cuanto puede, se muda al primer departamento de renta barata que esté del lado de la ficción.

Desde ahí, encerrado, ermitaño, sentado ante su laptop, recorriendo con sus dedos el teclado, escribe un ensayo donde sospecha que cualquiera de las personas que lo rodean, empezando por sus seres queridos, incluido su hijo de seis años, son conspiradores profesionales y las motivaciones que tienen para demostrarle cariño (un cariño fingido, por supuesto) son asombrosamente retorcidas. Él está consciente de ser un asco de individuo que no merece aprecio, y que eso es consenso general, por lo tanto, cualquier persona que le demuestre cariño lo finge, no hay otra posibilidad. Eso sí, se pregunta qué quieren de él esa bola de conspiradores.

Por eso, cuando al escritor le han ofrecido dar un curso en el Claustro de Sor Juana (Universidad ficticia sin duda, vean nada más el nombre), acepta de inmediato, sabiendo que es un pretexto para reunirse con otras víctimas de la infinita conspiración que les rodea. Planea, con quienes se inscriban, desentrañar los hilos de esa realidad de mampostería en la que están inmersos, o de esa ficción hiperrealista, no sabe bien. Será como una terapia de grupo, pero también una modesta célula de terroristas verbales, que harán ver a los fingidores su suerte.

Si tú eres un fingidor, haz caso omiso de este libelo, piensa que es todo ficción, ese curso es de mentira, sigue tu tranquila navegación en internet. Pero si consideras que la persona con la que duermes está fingiendo cada vez que te besa, cada vez que tiene orgasmos o necesitas que pruebe bocado cada vez que te cocina, considera inscribirte.

Los datos del curso están aquí es cosa de que busques el .pdf que se llama como este post. También, si usas Facebook (esa red de fingidores extrovertidos), puedes checar los datos aquí.

Empieza el jueves 10 de marzo. Allá los veo.

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Lavacoches

Por alguna razón, los pájaros que viven en los árboles de la cuadra consideran que mi auto es el baño. No importa si se trata de mi antiguo Honda o de mi nuevo Chevy, ellos saben que es mi auto y tienen la confianza de dejar sus cacas sobre su gris carrocería.

Dado que llevaba días sin lavar mi auto y su cofre ostentaba varias ráfagas de deshechos aviares, me dispuse a lavar mi auto con cubeta y jerga. Me arremangué la camisa y a darle.

No es algo que acostumbre hacer seguido, siempre pagaba los 40 pesos que cuesta lavar el cochecito, pero ahora con mis ingresos irregulares, tanto más pueda ahorrar, mejor. Además, crecí en los alrededores de Satélite, así que la lavada sabatina del auto está en mis genes.

Mientras lo hacía recordé que cuando era niño y boy scout (hay fotos infames en la red que evidencian esa faceta de mi oscuro pasado) un día nos mandaron a todos a lavar autos para recolectar fondos. El equipo (seisenas, se llamaban) que más coches lavara (y trajera la cuota correspondiente) ganaba. Nos repatimos áreas del suburbio alrededor y fuimos por las calles robándole el trabajo a los chicos lavacoches que sí necesitaban el dinero.

En mi caso, yo era un endemoniado perfeccionista mal aleccionado por mi padre quien luego de que le lavaba su auto los sábados (nunca por gusto, él me obligaba) revisaba minuciosamente cada espacio que no quedó limpio, cada gota de tierra seca, cada rincón a donde la jerga no llegaba.

Ese día empezamos a lavar un auto y no quedaba, no quedaba, los trapos dejaban su marca por más que volvíamos a tallar. Y mi demonio interno crecía, mis temores imbuidos se manifestaban.

—No queda bien —les decía yo—. No podemos cobrar por este trabajo.

Y ellos se afanaban en la limpieza para volver a dejar la marca de las jergas.

—No, no, huyamos —les decía.
—Pero cómo.
—No está bien. No es perfecto. Nos va a regañar el señor. Vámonos.

Y como yo era el líder de la seisena, me obedecían. Los otros equipos regresaron con el producto económico de varias lavadas. El mío regresó con las manos vacías.

Ignoro si hay moraleja a esta historia. Mi coche lo lavé como pude y estoy seguro que quedaron las marcas de los trapos. Pero nadie va a venir a decirme nada. Eso sí, los pájaros desde sus ramas dirán:

—Por fin, ya nos limpiaron el baño.

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Discontinua

Tenía un anillo en el dedo meñique que parecía de compromiso, pero no recordaba haberlo recibido. Ella se sentó en una banca del parque a reconsiderar: la noche anterior había estado con varios hombres, como todas las noches, como todos los días. El último de ellos le pidió que llevara medias de red. El anillo parecía real, al ponerlo contra el sol daba reflejos que el cristal no hubiera podido recrear. Encendió un cigarro y mientras fumaba lentamente, miró en la vereda del parque a un padre jugar con su hijo: el niño avanzaba en el triciclo a toda velocidad y cruzaba un charco, salpicando a todas partes. Vagamente pensó que eso le recordaba algo que podría haber vivido. Tomó su celular y marcó un número. Contestó una operadora que le indicó varias opciones. Eligió hablar con un ejecutivo. El que le asignaron tenía en la voz un ligero acento sudamericano.

—¿Qué día es hoy? —preguntó ella.
—Febrero dieciocho —dijo él.
—De qué año.
—Dos mil quince.
—Diablos —y colgó.

Ya se lo habían advertido cuando contrató el servicio hace siete años. La vida podría volvérsele discontinua. Tener súbitos adelantos a un futuro del que no tenía antecedentes. Pero que sólo pasaba en casos muy raros y, en todo caso, podría exigir que le devolvieran el dinero. Volvió a marcar. Ahora le asignaron un ejecutivo que tenía voz de preadolescente.

—Estoy teniendo una laguna, de varios años —dijo ella.
—¿Perdón?
—Ayer estaba yo en dos mil ocho; es decir, mi consciencia. Pedí que borraran mi pasado, pero veo que esto sigue sucediendo.
—No le entiendo.
—Necesito hablar con tu superior, imbécil.

Esperó quince minutos en la línea. Repetían la misma canción navideña y no se cansaban de insistirle que su llamada era muy importante para ellos, que por favor no colgara. Finalmente un superior le atendió. La escuchó comprensivo, buscó sus datos, y le dijo que, efectivamente, se registraba una falla en el disco de memoria, que mientras tanto siguiera normalmente, en un plazo no mayor a 72 horas podría recuperar sus recuerdos.

—¿Y cómo sabré que son los míos? —preguntó.

Le respondió él con unos segundos de silencio tras el cual se limitó a preguntarle si no se le ofrecía nada más.

Se revisó la ropa: no le aportaba pistas, salvo que parecía más bien el atuendo de una secretaria. En la cartera estaban sus documentos, casi todos ellos nuevos para ella. El domicilio variaba en cada uno. Intentó escudriñar su propio rostro para ver si podía discernir algo. En la cartera estaba la foto de un hombre que le pareció demasiado viejo para ella; no le agradó.

En vano buscó algún sobre con cocaína. Halló un espejito de mano. Dios mío, pensó, el paso del tiempo. Las ojeras instaladas debajo de sus párpados, arrugas alrededor de los ojos. Había engordado.

Esa tarde empeñó el anillo y, con el dinero, fue a un bar. Bebió hasta sentirse invencible. Besó a varios hombres hasta que dos de ellos le ofrecieron llevársela de ahí y le pagaron su cuenta. Tenían cocaína, bendito sea. Se quitó la ropa y bailó para ellos.

Cuando despertó, en una banca del parque en la que creía haber estado antes, alguna vez, pero no podría asegurarlo, sólo la cubría una camiseta. Olía a orines. Un adolescente pasó a toda velocidad con su bicicleta. Las ropas del chico y del resto de la gente y de los policías le permitieron vislumbrar que había ocurrido de nuevo. Le dolían las articulaciones.

—¿Qué año es? —les dijo sonriendo, como una niña pequeña.
—Dos mil veintisiete. Acompáñenos.

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Consciencia

Finalmente, llegó a la edad en la que se dio cuenta. Hasta antes de este momento, pretencioso como era, podía fantasear con que su carácter se debía a cierta vejez prematura del alma —nunca a considerarse un “alma vieja”, idea que le siempre le pareció nauseabunda, porque implicaba primero creer en la reencarnación, idea opuesta a su ateísmo, y segundo involucraba una soberbia deleznable en quien se autoproclamaba “alma vieja”—. Pero siempre se sintió viejo, desde la niñez, y su vejez la medía en su propensión al cansancio, en preferir siempre la calma y el orden, en alejarse de toda clase de apuestas, y hallarle sentido a su aburrimiento.

Pero los números no mienten y, cuando leyó en un ensayo de Jung sobre la psique masculina que alrededor de los 38 años el héroe debe de aniquilarse, quemarse por completo, morir, y olvidarse de querer ser un héroe, entonces cayó en cuenta.

38 años; ni más ni menos.

Ese día se quedó en casa y miró un tiempo por la ventana: enfrente habían demolido la construcción e iniciaban los trabajos para un edificio que en unos meses le taparía la luz del sol. El vigilante del terreno, un hombre de alrededor de setenta años que se había convertido en el cuidador de autos de la calle, lo vio y lo saludó con la mano. El hombre de 38 años respondió al saludo.

Una joven hermosa descendió de un auto de lujo conducido por un hombre mucho mayor, se dio la vuelta y lo besó en los labios. El hombre arrancó derrochando potencia. La chica, de caminar inseguro, entró en la casa de junto, donde al parecer hacen castings para comerciales.

En la maceta bajo la ventana, dos botones blancos estaban a punto de florecer. Recordó que tenía que ponerle agua.

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Monotonía

La etiqueta del frasco prometía una inteligencia descomunal una vez ingerida la dosis de una pastilla. Que utilizaran el adjetivo descomunal le pareció no sólo poco inteligente, sino estúpido, pero qué podía pedirle a un producto anunciado durante un infomercial en la madrugada. La etiqueta claramente advertía no consumir más de dos pastillas cada veinticuatro horas. Eso lo tomó como una invitación velada a incrementar la dosis. Primero tomó cinco pastillas y, cuatro horas después, al ver que no hacían ningún efecto, que la orina no emitía olores indeseables y que tampoco sentía nada parecido a la gastritis, decidió ingerir las quince pastillas restantes. Ya era tarde, se puso la pijama y se fue a dormir.

Decir que los sueños que tuvo esa noche fueron extraños es dar muy poca información sobre ellos, puesto que la norma de los sueños es su extrañeza. La particularidad que tuvieron era que no parecían sueños en absoluto: eran inmutables y tangibles como la cotidianeidad. En uno de ellos iba al banco a depositar un cheque, que tenía anotada una cantidad precisa, y un número de cheque que no cambiaba cada vez que lo leía de nuevo. La fila duró cuarenta y cinco minutos y las personas formadas en ella no se convertían en nada, ni se asemejaban a nadie que él conociera. La cajera lo trató amable y mecánicamente. Luego despertó. Otro sueño consistía en un trayecto interminable en medio de un embotellamiento. Todo ocurría sin contravenir una sola de las leyes de la lógica o de la física. Avanzaban un poco los autos, se detenían, avanzaban, se detenían. Despertó cuando el semáforo cambió a siga.

Sin embargo, es el último sueño el que nos ocupa ahora. Con aburrimiento escribía en una computadora un cuento sobre pastillas para la inteligencia. Letra por letra, y éstas no variaban ni trastocaban su orden. En ocasiones debía corregir dedazos, titubeaba en elegir la palabra adecuada, pero avanzaba. Letra por letra. Lo incomodaba la certidumbre de que esta vez ya no iba a despertarse más. Esa certeza se parecía a la muerte.

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Con alfileres

En cierto momento, a mitad del año que hoy termina, le dije a mi psicóloga:

—Creo que ahora mi problema es que he logrado todo lo que me he propuesto —esto lo decía yo recargado en el mullido sillón de mi consultorio, con pose de autosificiencia, cada semana yo pagaba para dictarle una conferencia sobre mi propia vida, la biografía disonante del hombre de éxito—. Quería que me publicaran una novela de forma seria, y ahí está. Siempre quise ser editor de mi revista favorita, y ahí está. Siempre quise una novia como la que tengo ahora… Tengo un hijo maravilloso. Estoy haciendo ejercicio regularmente. En realidad sólo me falta tener dinero para llevar una vida digna, pero eso implicaría dejar de hacer lo que amo.

Pocos meses después perdí el trabajo de editor, la novia me dejó, y me enteré que las ventas de mi libro fueron  decepcionantes.

Un viejo amigo, cuando le conté esto, me dijo:

—Qué envidia me das, maestro. Estás viviendo el sueño de todo escritor.

—Sí, güey —le contesté.

De eso, han pasado dos meses. Ahora escribo esto en una palapa en un hotel de playa, frente a una alberca llena de niños. El año nuevo me pillará a nivel del mar. Lo que viene promete ser maravilloso, aunque cada día muta, cada día es más abismal, cada día es mayor el vértigo, cada día es más alta la promesa de felicidad, y por lo mismo más inalcanzable; por momentos me tienta la opción de desaparecer, cerrar este blog, cerrar mi feisbuc, mi tuiter, mis cuentas de correo, cambiar de teléfono, huir. Pero no: tengo un hijo, que sigue siendo maravilloso, no podría hacerle eso. Como sea, hace una semana que no sé de él porque su mamá se lo llevó de vacaciones y no quiso decirme a dónde.

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